“Yo no tengo más que gauchos honrados y
valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos (...)
Convénzanse Uds. que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al más
infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene acogida el
interés, ni otro premio que su libertad; el pueblo que quiere ser libre, no hay
poder humano que lo sujete'.
Güemes al capitán español
Pedro Antonio Olañeta
En las tierras ásperas y polvorientas del norte argentino, allí donde el viento parece traer todavía el eco de los cascos y los gritos de guerra, surgió la figura inmensa de Martín Miguel de Güemes. No fue un héroe de salones ni de discursos cómodos. Fue un hombre de frontera, de caballo y de intemperie, un caudillo nacido para resistir cuando todo parecía perdido. Será eso que el General San Martín le confió la tarea de la defensa del Norte.
La magna estrategia de liberación del General Don
José de San Martín se sostenía con el denuedo y la sangre de los gauchos del
norte: las invasiones realistas descendían una y otra vez desde el Alto Perú
buscando aplastar el sueño de libertad. Y allí estaban ellos: los gauchos de
Güemes. Hombres humildes, curtidos por el sol y el trabajo, cubiertos con sus
ponchos rojos, convertidos en símbolo de coraje y de fidelidad a la tierra que
defendían.
No tenían uniformes elegantes ni riquezas. Muchas
veces carecían de armas suficientes, de comida o descanso. Pero poseían algo
más fuerte que cualquier ejército: amor por su patria y una voluntad indomable.
Conocían cada cerro, cada quebrada y cada sendero escondido del norte. Peleaban
como quien defiende su casa, su familia y su fe. Y cuando la noche caía sobre
los campamentos, el silencio de la montaña guardaba la promesa de seguir
resistiendo al amanecer.
Martín Miguel de Güemes cabalgaba junto a ellos.
Compartía el frío, el hambre y el peligro. No mandaba desde lejos: luchaba en
primera línea. Por eso sus hombres lo seguían con lealtad absoluta. Porque en
él veían no solo a un general, sino a un caudillo, a un hermano de armas
dispuesto a entregar la vida por la libertad de su pueblo.
Los enemigos temían aquellos ataques repentinos de
los Infernales. Temían el estruendo
de los caballos bajando por los cerros, el relámpago de las lanzas y el rojo
encendido de los ponchos avanzando entre el polvo. Eran el corazón fidelísimo
del norte argentino, una muralla humana que impidió el avance español y sostuvo
viva la campaña sanmartiniana.
Y fue precisamente el honor lo que hizo inmortal a
Güemes. Aun herido de muerte, no abandonó la lucha. Con el cuerpo vencido pero
el espíritu intacto, siguió pensando en la defensa de su tierra hasta su último
aliento. Su sacrificio no fue en vano: gracias a él y a sus gauchos, la
frontera norte resistió y la libertad pudo consolidarse.
Hoy, cuando la historia parece lejana y el ruido
del mundo moderno intenta apagar la memoria, todavía flamean simbólicamente
aquellos ponchos rojos en el corazón argentino. Son recuerdo de valentía, de
dignidad y de amor por la patria. Son la prueba de que hubo hombres capaces de
darlo todo sin pedir nada.
Porque mientras exista memoria, seguirá cabalgando
por los cerros del norte la figura de Martín Miguel de Güemes, acompañado por
sus gauchos infernales, guardianes eternos de la libertad argentina.
“De Salta no pasarán”

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