domingo, 22 de enero de 2012

INVASIONES INGLESAS

Todo lo que existe sólo puede comprenderse con la perspectiva que nos ofrece el pasado. Así en los hombres como en los pueblos. Ya lo decía el poeta: “sólo orillas somos y en lo hondo de nosotros corre / sangre de lo que fue / fluye hacia quienes vendrán / sangre de nuestros ancestros, llena de orgullo e inquietud…” La verdad nos dice con alta voz que “venimos del ayer”. Lo Cristiano Americano, la Patria Grande, son claros frutos de la boda de sangre entre las Españas de Yugo y Flechas con la Roma Católica.

Por ello el Misterio de Iniquidad encarnado en la pérfida Albión se lanzó a despedazarlo. Largo es el rosario de agresiones. En un principio fue Francis Drake con sus saqueos, robos y profanaciones. Luego hizo pie en el Caribe cuando ocupó Jamaica y Honduras y atacó Darien en el siglo XVII, agresión que se repitió con Walpole contra Panamá. En los siglos siguientes aceleró su acción con sectarios pertenecientes a una central ideológica esotérica y juramentos secretos e incondicionales. Las monedas de Judas hicieron el resto, y algunos de esos traidorcitos sin tener conciencia de que nuestra historia es pasión, prometieron a cambio de armas y oro incorporar el Reino de Santa Fe de Bogotá, Maracaibo, Santa Marta y Cartagena a los dominios de Su Majestad Británica.

Esos grupos de obediencias inconfesables sembraron la ideología balcanizadora de la Ecumenidad Hispánica, maniobrando para conducir totalitariamente la política con la “panacea” del constitucionalismo liberal. Para ello utilizaron instrumentos que iban desde los diplomáticos hasta los simples viajeros espías. El caso de Francisco Miranda, agente de Mr. Pitt, invadiendo Venezuela desde puertos yankees, fue sintomático. El Plan del “Precursor” estaba coordinado con una tentativa de conflagración continental preparado en Inglaterra.

El historiador Oriental Felipe Ferreiro, primero en mostrar a la posteridad la secreta conspiración, señaló el importante dato de que “todos los centros adecuados para el incendio general difundirían la versión falsa pero no increíble de que el Trono de las Españas había quedado vacante”.

Versión que podía perdurar sin rectificaciones hasta que la hoguera se extendiese en virtud del dominio de los mares detentado por la Home Flete de Jorge III. La llegada a Buenos Aires de Santiago Burke, ex oficial prusiano amigo del Premier Mr. Pitt, es ejemplo de un espía con toda la barba.

En la capital virreinal trabó contacto con corresponsales de Miranda, entre los que se contaba Saturnino Rodríguez Peña, el futuro secretario de la Infanta Carlota, doctor Presas, y Aniceto Padilla. Detrás de Herr Burke llegó Home Rigss Popham. Venía desde el Cabo de Buena Esperanza con un plan fundamentado en la creencia de “que los nativos estaban muy cerca de la rebelión… y se les podía ganar ofreciéndoles un gobierno liberal”.

Con los hombres del general William Carr Beresford se hizo dueño de Buenos Aires. El golpe asestado en junio de 1806 no fue ni el primero ni el último. El objetivo dominador lo planteó el general inglés William Miller, de gran actuación en el Perú, quien en sus “Memorias” y al referirse a las invasiones de 1806 y 1807 señaló: “Si los ingleses hubieran considerado los acontecimientos locales del país no habrían intentado ocupar Buenos Aires y limitado sus esfuerzos a la posesión de Montevideo, que es la llave del Río de la Plata. De esta plaza podrían haber hecho el Gibraltar de las costas occidentales del Imperio español”.

La pretensión de los jefes militares (Popham y Beresford) de imponer el control británico convirtió los nuevos ataques filibusteros contra Buenos Aires y Montevideo en un desastre.

En 1812, (ya iniciada la Guerra Civil que conocemos como “de la Independencia”) Lord Strangford, en un aparente cambio de la política de Londres, impuso la retirada de las fuerzas portuguesas de la Banda Oriental y envió a su instrumento, don José Rademaker a Buenos Aires para que al acordar la Paz planteara la posibilidad de la Independencia de Montevideo y su jurisdicción aunque dependiendo del gobierno de Cádiz, notorio títere de la masonería inglesa.

La propuesta no se concretó: “Inglaterra, según lo declaraba Lord Castelreaght, debía dirigir su política estableciendo gobiernos locales amigables con los cuales esas relaciones comerciales puedan subsistir, cosa que por si sola constituye nuestro interés”.

Canning y Palmerston en algunos años pondrían en práctica estos principios básicos de la maquiavélica política del Foreing Office. El control de los mares, amén de maniobras diplomáticas y logistas, hicieron imposible la reconstitución del Imperio Católico de las Españas. Acuerdos comerciales y millones de libras esterlinas en préstamos con estilo Shylok, satelizaron al continente y pagaron el reconocimiento de la dolorosa ruptura.

Al promediar la década de 1820 Canning pudo decir: “La América española es libre y si no administramos mal nuestros negocios, ella será inglesa”.

La guerra de 1826 entre Brasil y las Provincias Argentinas por la federal Banda Oriental que deseaba seguir integrando la Patria Grande, podía convertirse en un desastre inglés. Ello hizo que Londres se volcara para obligar a los contendientes a buscar una solución. Esta no fue otra que la expuesta por el “mediador” Mr. Ponsomby con su socio comercial y agente secreto el Oriental Pedro Trápani. La clave estuvo en una república independiente, verdadero Estado Tapón ubicado en la desembocadura del considerado estuario lo que convertiría a la región en un canal de entrada para la Home Fleet y los intereses británicos. Se intentaba cerrar así el camino a Francia y a la naciente presencia norteamericana con un estratégico Gibraltar en la Cuenca de la Platania.

Ni corto ni perezoso, el Coronel John Forbes, Encargado de Negocios yankee en Buenos Aires, escribía al Secretario de Estado Mr. Henry Clay “sobre el intento inglés de crear una colonia disfrazada”. Sin embargo las hábiles maniobras del Lord llegaron a buen destino en 1828. Presionando a Buenos Aires y al Janeiro se firmó la Convención Preliminar de Paz en la que Lord Ponsomby consiguió fuera aceptada la amputación de la estratégica Provincia Oriental. Se daba un nuevo paso hacia la balcanización de nuestra ecumenidad. Primero había sido el Paraguay, luego el Alto Perú, en ese agosto del desgraciado año 1828, la Provincia insignia de José Artigas. Luego se intentarían otras rupturas como las planeadas por el nefasto Florencio Varela cuando escribió: “Lo importante para Entre Ríos y Corrientes es prosperar. Para eso no interesa si son Provincias argentinas o un Estado Independiente”. El mismo “personaje” que con su hermano Juan Cruz aconsejaran el fusilamiento del Coronel Manuel Dorrego, el gobernante que resistió la “solución” Ponsomby.

Así estaban las cosas, cuando en 1832 el Almirantazgo decidió las medidas “para ejercer el derecho de soberanía de Guillermo IV en las islas Falklands”. La comisión fue cumplida por “marines” desembarcados de la Fragata “Clío”, los que izando la bandera británica comenzaron la construcción de una base militar. Era el 2 de enero de 1833. Veintiséis meses después don Juan Manuel de Rosas asumía el gobierno de Buenos Aires con la Suma del Poder Público y además como Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. De ahí en más su nombre fue símbolo hispanoamericano para “quienes querían seguir hablando español y rezando a Jesucristo”. Su “Sistema Americano” reconstructor de la Patria junto a la Ley de Aduanas de 1835 fueron las armas con las que se opuso a la dependencia económica “que implicaba el liberalismo unido a la ética utilitaria de Bentham”. El accionar armado estaba previsto en un informe del Foreing Office con fecha de 1842, el que sin pudor decía: “En lo que respecta a Gran Bretaña como sus intereses están tan mezclados con su poderío político resulta necesario apuntalar unos a los efectos de mantener lo otro”.

Poco después, en la República Oriental, el Presidente General Manuel Oribe, ponía un cinturón de hierro al Montevideo donde el Almirante Mr. Purvis defendía con sus cañones al iluminismo de ambas orillas. Ante esas murallas se enfrentaron los orientales argentinos con las legiones extranjeras, durante nueve largos años. La inevitable intervención de 1845 fue contestada por el General Rosas con digna altivez en la Vuelta de Obligado, donde se encadenaron las aguas para que siguieran siendo nativas. Rudo combate por la soberanía. Los éxitos del Opio chino no se repitieron en el Plata. Era un nuevo fracaso para las agresiones inglesas en estas latitudes. Pero sobrevino el desastre de Caseros y con él los cambios que hicieron posible la realidad de la profecía de Canning.

La afirmación se aplica a ambas márgenes del Plata, haciéndose necesaria alguna cuartilla más. Tal como decía don Julio Irazusta: “Necesario recuerdo de las circunstancias que contribuyeron a la formación de una política antinacional que corrompe a los buenos e impide la redención de los malos”.

Luis Alfredo Andregnette Capurro

Tomado del Blog de Cabildo

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