Es este nuestro modestísimo grano de arena y nuestro homenaje a la monumental tarea historiográfica que emprendieron los maestros del revisionismo fundacional en pos de develar la verdad histórica y de poner la historia al servicio de los intereses de la Nación.
domingo, 26 de febrero de 2012
Luján: Origen indudable de la bandera Argentina
Mucho se ha dicho sobre el origen de los colores de la bandera Argentina. Se dice que su creador, General Manuel Belgrano, se inspiró en los colores del cielo para imprimir el azul/celeste y blanco que la caracteriza.
Sin embargo, otra es la verdad: los colores de la bandera Argentina fueron tomados de los colores de la Virgen María, de Lujan. Lo confirman muchos testimonios escritos, como por ejemplo los textos del historiador Aníbal Rottjer: "El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante y presidente de su Cabildo, dijo: "Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de quien era ferviente devoto". Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según afamados historiadores". El mismo autor dice: "Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usan de reconocimiento los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y las llaman de la medida de la Virgen, porque cada una de ella media 40 cm ., que era la altura de la imagen de Lujan". O también "al fundarse el Consulado en 1794, quiso Manuel Belgrano que su patrona fuera la Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución constaba de los colores azul y blanco. Belgrano en 1812 para el pabellón nacional ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones distintas de las dichas en 1794?". El Padre Jorge Salvaire* no conocía estos detalles y sin embargo afirma que "con razón cuentan, no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria los colores blanco y azul había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María (como) ardiente devoto".
Manuel Belgrano, que había concurrido a Lujan en 1812 con su ejército a visitar a María y rezar el Rosario con los soldados, ofrece a la Virgen en 1813 dos banderas tomadas al enemigo en la batalla de Salta. El 27… (se lee) en la sesión del Cabildo de Lujan el siguiente oficio: "Remito a Usía dos banderas de división, que el … de febrero se arrancaron de las manos de los enemigos, a fin de que se sirva presentarlas a los Señora, a nombre del Ejército de mi mando, en el Templo de ésa, para que se haga notorio el reconocimiento que mis hermanos de armas y yo estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por ella y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos sus gracias. Dios guarde años. Jujuy, 3 de mayo de 1813. Manuel Belgrano. Al Sr. Presidente, Justicia y Regimiento del Muy … la Villa de Lujan". Cumplidos todos los trámites oficiales y notificaciones debidas, las banderas fueron colocadas ante la Santísima Virgen de Lujan el sábado 1 de julio de 1813.
Luego de conocer estos hechos históricos que nos revelan que la bandera Argentina procede del Manto de la Madre de Dios, debemos comprender que Dios no se aparta de la historia. Somos los hombres los que nos apartamos de Dios, pese a Su insistencia en ayudarnos. En la intercesión de Su amorosa Madre.
LA BATALLA DE PERDRIEL Y LOS COLORES DE NUESTRA BANDERA (Catecismo Podestá-Rosón, tomo I. Edición de 2005)
El 24 de junio de 1806, en horas de la noche, liego a la tranquila ciudad de Santa María de los Buenos Aires la noticia del desembarco inglés en las inmediaciones de Quilmes. El ejército protestante, poco más de 1.500 hombres bien pertrechados y entrenados, avanzó sin hallar mayor resistencia y tomó Buenos Aires. El Virrey Sobre Monte se refugió en Córdoba y no había ejército ni hombres preparados para resistir a las tropas inglesas.
Unos días más tarde, por dos vías diferentes, comenzaría a gestarse la Reconquista. Por un lado, el capitán de navío Don Santiago de Liniers, futuro liberador de la ciudad y de su puerto, hizo voto a la Virgen del Rosario de recuperar para Ella la ciudad y la libertad para su culto. Por otro, Don Juan Martín de Pueyrredón, reunió unos trescientos criollos modestamente armados, todos voluntarios. Será ésta la primera tropa totalmente argentina.
A ellos se unió luego el regimiento de Blandengues, con su comandante de frontera, el Tte. Cnel. D. Antonio de Olavarría. Olavarría aportó algunos pertrechos para el novel ejército; pero no uniformes ni estandarte. Estacionados como estaban en la Villa de Lujan y confiados al amparo de la Inmaculada que allí se venera, recibieron como estandarte el de la Purísima Concepción, que les ofreció el Cabildo de la Villa, al que conducirían a la batalla como bandera.
Más difícil era conseguir uniforme para toda su tropa. Sin embargo, era piadosa costumbre que los peregrinos de Lujan se llevaran como recuerdo "las medidas de la Virgen", -en esa época no había ni medallitas ni estampas- un par de cintas -una celeste como el manto de la Señora; blanca como su vestido, la otra- del largo de la imagen. Estas cintas tomó Pueyrredón y, debidamente bendecidas por el párroco, P. Vicente M. Carballo, fueron solemnemente impuestas a sus hombres a modo de distintivo. Así se transformaron en e! primer uniforme patrio y fue el origen de las escarapelas que repartieron French y Berutti en Mayo de 1810 y, luego, de la bandera creada por Belgrano.
Animados de fervor patriótico y de amor a la Madre de Dios -de quien tenían por enemigos a los anglicanos protestantes-los hombres de Pueyrredón, después de escuchar la Santa Misa en Lujan y comulgar, cruzaron armas con las tropas de Beresford en la chacra de Perdriel, en la madrugada del 1° de agosto de 1806. Los primeros, mal armados y sin entrenamiento, marchaban, con su escarapela blanca y celeste, "las medidas de la Virgen", de a pie. Los ingleses, soldados profesionales que los triplicaban en número, con armamento suficiente, lo hacían de a caballo. El resultado era seguro: los criollos fueron derrotados y desbandados en poco tiempo. Pero la batalla no fue inútil, ya que fogueó el temple de los patriotas y encendió la chispa de la resistencia.
Once días más tarde, el 12 de agosto, Buenos Aires respiraría libremente otra vez, y el Santísimo Sacramento y la imagen de Nuestra Sra. de! Rosario y "las medidas de la Virgen" podían salir nuevamente a recorrer las calles de la ciudad. Había entrado en ella D. Santiago de Liniers y las armas anglicanas habían claudicado.
R.P. Gabino Tabossi
*Padre Jorge Salvaire: http://www.basilicadelujan.org.ar/pages/padresalvaire.htm
Tomado de: http://paramayorgloriadedios.blogspot.com/2009/09/lujan-origen-indudable-de-la-bandera.html
domingo, 19 de febrero de 2012
MALVINAS: EL ARTÍCULO CIPAYO DE LA NACIÓN*
Lamentable la nota de Luis Alberto Romero sobre las Malvinas en la "tribuna de doctrina". Sólo el título (¿Son realmente nuestras las Malvinas?) es un insulto a los muertos en 1982 y a sus familiares, además de una afrenta a la Patria. Aunque no sea extraño en el diario de los Mitre...
Entre otras causas, es por esta falta de patriotismo (que nos legaron Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, etc) y de un proyecto nacional consecuente, que estamos como estamos.
La tolerancia tiene límites. Los argentinos no podemos seguir dándonos el lujo de tener intelectuales, periodistas y políticos que piensen como "tratantes de patrias", cosa que sus admirados países del Primer Mundo no hacen. Como decía Anzoátegui: El chauvinismo será un error, pero el antichauvinismo es una patraña pagada por el enemigo...A Luis Alberto Romero le podemos decir, como Chesterton a un político inglés: "Vaya en paz, pero váyase". Deje de engañar a los lectores con errores históricos, sofismas y medias verdades, apoyado en su calidad de 'intelectual'. Deje de sembrar pedagogía colonialista a un pueblo al que le falsificaron la historia, le hicieron perder casi la mitad de su territorio, le cambiaron su cultura tradicional, lo endeudaron de modo ilícito e ilegal (varias veces en los siglos XIX y XX), y lo desvincularon de la religión de sus antepasados.
Todo en una operación perfectamente montada desde el Estado liberal nacido en 1853, del cual la izquierda progresista y el neoliberalismo son su actualización para el mundo posterior a la Guerra Fría. Verbitsky, Escudé, Romero, Grondona....son todos cipayos, de izquierda o de derecha, pero cipayos al fin. Sí, aunque la palabra suene fuerte. Ellos no dudan en calificar de nazis, de fundamentalistas o de populistas a todos los que no comparten su pensamiento políticamente correcto...con el Imperio y el Nuevo Orden Mundial. Pues nosotros tampoco: son cipayos y vendepatrias.
No se dialoga cuando el que se escuda en esa noble palabra, lo hace para defender las ideas piratas del enemigo. Y el Reino Unido de Gran Bretaña (no el pueblo inglés), en este y otros temas, es un enemigo de la Argentina. Es una historia que lleva ya más de cuatro siglos...Bien lo dijo alguna vez Menéndez y Pelayo en relación a la Madre Patria: hemos podido vencer a los extranjeros pero no a los extranjerizantes...
Fernando Romero Moreno
*Esta noticula fue tomada de unos comentarios vistos en el facebook del autor
Entre otras causas, es por esta falta de patriotismo (que nos legaron Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, etc) y de un proyecto nacional consecuente, que estamos como estamos.
La tolerancia tiene límites. Los argentinos no podemos seguir dándonos el lujo de tener intelectuales, periodistas y políticos que piensen como "tratantes de patrias", cosa que sus admirados países del Primer Mundo no hacen. Como decía Anzoátegui: El chauvinismo será un error, pero el antichauvinismo es una patraña pagada por el enemigo...A Luis Alberto Romero le podemos decir, como Chesterton a un político inglés: "Vaya en paz, pero váyase". Deje de engañar a los lectores con errores históricos, sofismas y medias verdades, apoyado en su calidad de 'intelectual'. Deje de sembrar pedagogía colonialista a un pueblo al que le falsificaron la historia, le hicieron perder casi la mitad de su territorio, le cambiaron su cultura tradicional, lo endeudaron de modo ilícito e ilegal (varias veces en los siglos XIX y XX), y lo desvincularon de la religión de sus antepasados.
Todo en una operación perfectamente montada desde el Estado liberal nacido en 1853, del cual la izquierda progresista y el neoliberalismo son su actualización para el mundo posterior a la Guerra Fría. Verbitsky, Escudé, Romero, Grondona....son todos cipayos, de izquierda o de derecha, pero cipayos al fin. Sí, aunque la palabra suene fuerte. Ellos no dudan en calificar de nazis, de fundamentalistas o de populistas a todos los que no comparten su pensamiento políticamente correcto...con el Imperio y el Nuevo Orden Mundial. Pues nosotros tampoco: son cipayos y vendepatrias.
No se dialoga cuando el que se escuda en esa noble palabra, lo hace para defender las ideas piratas del enemigo. Y el Reino Unido de Gran Bretaña (no el pueblo inglés), en este y otros temas, es un enemigo de la Argentina. Es una historia que lleva ya más de cuatro siglos...Bien lo dijo alguna vez Menéndez y Pelayo en relación a la Madre Patria: hemos podido vencer a los extranjeros pero no a los extranjerizantes...
Fernando Romero Moreno
*Esta noticula fue tomada de unos comentarios vistos en el facebook del autor
viernes, 10 de febrero de 2012
LA PROVIDENCIA EN LA HISTORIA
La Historia es la sucesión de eventos (con sus causas, sus encadenamientos, sus efectos) que experimentan o ponen en marcha un ser o un conjunto solidario de seres, existiendo en el "tiempo". En este sentido, se podría ya decir que el Universo, que es uno y existe en el tiempo, tiene una Historia que comienza en la primera página de la Biblia: "Al principio, Dios creó el cielo y la tierra". No obstante, en el sentido propio de la palabra, la Historia no comienza verdaderamente sino con el hombre. El sólo tiene conciencia a la vez de ser y de haber sido. El sólo es a la vez sujeto y actor a veces libre y responsable de la Historia. El sólo puede reencontrar y también sentir en la evocación de su pasado lo que él mismo ha vivido. El sólo, habiendo inventado la escritura, puede conservar y transmitir lo que, para él, ha sido el presente. Sólo en él, sobre la Tierra, se establece una verdadera continuidad entre el pasado, el presente y el futuro. El sólo puede buscar y encontrar un sentido en la Historia. El sólo puede pensar en el porvenir que ella lleva en sí.
Pero ante todo cada persona humana tiene su propia historia. Es por la memoria -digamos mejor, el recuerdo- que ella tiene conciencia, durante su tiempo, de su ser permanente y de lo que ella ha vivido, de una manera inexorablemente fugitiva. No obstante, este ser espiritual que es el hombre, a pesar de existir en un tiempo que huye, lo que él percibe por su inteligencia, es la verdad intemporal de las cosas que pasan. Aún más: lo que pasó (y que ha pasado...) puede de una cierta manera permanecer en su ser permanentemente.
Porque éste es modificado en él mismo por lo que él ha vivido y más aún por lo que él ha experimentado.
No obstante, la persona humana no puede ni existir ni vivir aisladamente. Todo ser humano, entrando en la existencia, entra en un conjunto de personas que es más durable que cada una de ellas. Allí encuentra los resultados de una experiencia que él mismo no ha hecho, de un conocimiento que él no conquistó, de ejemplos, de costumbres y leyes que serán la norma de sus propios actos y también de sus juicios. Tales grupos tienen su propia historia. Los eventos que llamamos "historias" son aquellos que reverberan sobre el conjunto de los hombres existentes en los mismos tiempos y los mismos lugares y en consecuencia sobre cada uno de ellos y también por lo hecho por cada uno de ellos.
Esto fue al principio el clan, la tribu, la ciudad. Ahora es la nación. No obstante, hay conjuntos más vastos que la nación, y la verdadera historia, a los ojos de Dios, es finalmente aquella del Hombre, de la humanidad.
Si la historia humana es lo que hemos dicho, ella es el lugar mismo y el punto de aplicación de lo que nosotros hemos llamado la Providencia divina. En principio, en la historia de cada persona. Pero, por el mismo hecho, en la de los pueblos.
Cuando una guerra estalla, la vida de cada uno en ese país es sacudida. El hambre golpea a millones de hombres. Las leyes que gobiernan un país regulan no solamente la conducta social de cada uno, sino también su modo de vida y sus posibilidades de acción. Instituciones comunes a todos pueden ayudar, estimular a las personas y aportar los medios de aflorar en su verdad humana y su apertura a Dios. También pueden hacer todo lo contrario. La cultura se recibe de la sociedad, de la nación. ¿Cómo se podría hablar de la Providencia que lleva y conduce a cada persona humana, si se le quita su preocupación y su cuidado de todo lo que pasa en las naciones, pero que repercute sobre las personas? Cuando se lee la Biblia, uno se siente impresionado de la importancia extrema que allí tienen los pueblos en sus relaciones de Dios con el hombre y hasta qué punto Dios interviene personalmente e inmediatamente en su historia. Lo que ha hecho de una manera privilegiada, única, por Israel. Haciendo de los descendientes de Abraham, su pueblo. Haciéndose una realidad y una causa por él. Haciendo de él el punto de donde vendrá la persona de Jesucristo, la salvación eterna para toda la humanidad. En ese momento, evidentemente, no habrá más pueblo elegido: lo es ahora la humanidad entera. La Historia que conduce Dios es la del Hombre, y el grupo humano fundamental es ahora a los ojos de Dios la Iglesia que quiere abarcar a todos los pueblos sin quitar a ninguno su rol propio. Según los momentos, tal o cual nación, tal o cual pueblo, podrá recibir por un tiempo protección especial y ayuda providencial de Dios. En la Historia, de la cual el hombre es el sujeto, el actor y frecuentemente la víctima, habrá siempre lugar para la intervención imprevisible, absolutamente contingente de las libertades humanas. Y tanto más todavía para aquella libertad soberana que pide a Dios en todo momento el aporte de su auxilio a los actores de la historia, y de enderezar la marcha de éstos hacia la meta que El visualiza a través de ella. Si el advenimiento del hombre sobre la Tierra no hubiera sido posible sino por las intervenciones divinas "providenciales", ¿cómo Dios no continuaría conduciéndole en medio de fuerzas hostiles, por esas intervenciones de las que la Biblia nos relata tantos hechos extraordinarios, más verdaderos aún que si no fueran más que "históricos", porque nos manifiestan la realidad invisible que habita la historia? ¿Pero desde el Evangelio, el acento no se desplazó acaso de los grupos humanos, políticos, culturales, sociales, hacia las personas presentes y por venir y hacia su destino eterno? ¿Y más todavía hacia el Reino de Dios que comienza sobre la Tierra, pero que no culminará sino en otro mundo?
"Nosotros, otras civilizaciones, sabemos que somos mortales". Estas palabras de Valéry son célebres. Pero las personas mismas, no son mortales. Sólo atraviesan la muerte y son ellas, finalmente, las que hacen y deshacen las civilizaciones. Si es verdad que la Providencia interviene en la Historia de los pueblos, es finalmente menos en las batallas y en la política que en el espíritu y el corazón de aquellos que trabajan para construir las ciudades terrestres y también para defenderlas, para salvarlas de sus miserias morales, muchas veces a través de sus propios sufrimientos, de sus sacrificios, de sus santidades. Lo que hace la historia, no son antes que todo los eventos "históricos", los personajes "históricos", sino lo que ocurre en el corazón y en lo cotidiano de múltiples vidas humanas, en esa lenta y profunda elaboración de costumbres, de ideas, de comportamientos interiores, de maneras de sentir y de ser, de tradición viviente, que se traducen en ciertos momentos "históricos" en grandes explosiones y sacudimientos. ¿Cómo la Providencia no actuará también ella en el corazón de esta vida que así se transmite? Ella está allí de toda manera para ayudar a aquellos que se confían a ella en el momento mismo en que pudieran aparecer triturados por la vida y por una historia ciega y cruel.
¿Pero hacia dónde busca conducir al hombre esta acción providencial oculta en el corazón de la historia humana? Aquí, la Revelación divina, y sólo ella, puede respondernos. Y ella lo aclara todo. Es para la vida eterna que el hombre ha sido creado, hacia ella somos conducidos. Hacia la vida en plena luz con Dios, hacia la unión perfecta con El, hacia una felicidad infinita, hacia la abertura total y sobrenatural del ser humano. Y esto puede comenzar desde esta Tierra, en un mundo provisorio, llamado a transformarse. Jesús, es decir Dios mismo, encarnándose, haciéndose hombre, nos lo dijo claramente, explícitamente. Toda la Buena Nueva que es el Evangelio está allí. Y sólo El nos puede hacer acceder a su Verdad. Y es enseguida después de la caída del hombre, al nombre del Salvador que debe venir, de Jesús, que ha comenzado la invisible acción de la gracia para los hombres "de buena voluntad" que "tienen la ley de Dios inscrita en sus corazones" (Rom. 2, 15). Pues ella se explicitó en el pueblo de Israel. En fin, ella ha encontrado su plenitud cuando se realizó la Encarnación de Dios, cuando Jesús nació. Entonces, a partir de El, la gracia de Cristo se expandió por la única Iglesia que trata de reunir a todos los pueblos al mismo tiempo que a todos los hombres. ¡La Iglesia! Reunión, comunión de todos los creyentes, llamado a todos aquellos que no lo son todavía. La Eucaristía celebrada todos los días desde hace veinte siglos en la Iglesia ofrece todos los trabajos buenos y generosos de los hombres a Dios, el ofrecimiento de sus vidas, sus sufrimientos. Ella une todo eso al sacrificio redentor de Cristo, el Salvador de todos los hombres que no lo rechazan. Así la Iglesia reúne también a aquellos que no son sus fieles. Ella es la mediación invisible entre Dios y toda la humanidad y participa así en la transformación espiritual de aquellos mismos que la ignoran. Es pues, por ella que la Encarnación redentora se continúa.
Porque Dios, en verdad, había creado al hombre en un estado de unión a Él que no era aquél de la mera naturaleza, sino el de la gracia, de la naturaleza "divinizada". Pero habiéndola perdido por una ruptura libre y voluntaria con Dios, no puede reencontrarla mas que por la muerte y la resurrección de Cristo. Si se llama hecho histórico a un evento que afecta la historia, la caída original es el evento histórico por excelencia, el que cambia en su raíz misma toda la historia humana. No lo conocemos más que por el relato inspirado y divino de la caída de Adán y Eva. Lo que pasó en realidad nos es contado en ese relato, de una manera visiblemente y voluntariamente simbólica. Por llegar a ser "como dioses" (es decir independientes de Dios) han "comido" de ese "fruto" prohibido, de ese árbol "del conocimiento del bien y del mal". Y si se llama Providencia la intervención directa e inmediata de Dios en las cosas humanas, la intervención divina por excelencia, es esa misma la que fue prometida en el momento mismo en que el hombre se perdía: la venida del Verbo en la carne, en un momento del "tiempo", preparado para esto, y que se ha transformado como el primer momento de una re-creación. Con la Encarnación del Verbo comienza el cambio total de la Historia, la toma en sus manos por este "Hombre", el Hombre por excelencia en el que se va a perfeccionar y sublimar el universo. Como escribe San Juan de la Cruz: "En la Encarnación del Verbo, Dios elevó al hombre hasta la Belleza de Dios, y por el hombre a todas las creaturas".
La Historia está así toda entera pendiente de Jesucristo. Ella es una, ella es la historia del hombre, de su "divinización", y también de todo el Universo.
Es verdad que los hijos de Dios deben vivir en "los trabajos y los días" de esta tierra, en el cumplimiento de su misión humana, en la libre posesión de las realidades terrestres de las que no es esclavo sino rey, en el descubrimiento del mundo, en su construcción propiamente humana, en su "civilización", en las relaciones interpersonales que se anudan circunstancialmente a las realidades terrestres, en el amor de los compañeros que le son dados. ¿Cómo la Providencia que nos sigue paso a paso no actuará sobre todo este medio humano que condiciona a cada uno de nosotros tan poderosamente, que cada uno de nosotros concurre a construir para dejarlo a los que vienen detrás? Nosotros estamos de tal manera habituados a ver en las cosas humanas un obstáculo a las cosas divinas, que olvidamos su razón de ser original. Esta razón de ser es un elevarse hasta las cosas propiamente divinas, porque se eleva de la naturaleza a la gracia. O mas bien la gracia comienza por purificar, abrir, dilatar la naturaleza para hacerla sobrepasar. Hay una cierta manera de vivir, humana, que dispone al hombre a trascender lo puramente humano.
Así también, la intervención divina en la historia humana es constante. El objetivo que ella focaliza no es sino la transformación espiritual de la humanidad y el establecimiento del Reino de Dios, ya, sobre la tierra. No hay evento que, si alcanza verdaderamente al hombre, no pueda ser recobrado por la Providencia divina en vista, como lo dice San Pablo, de "la construcción del Cuerpo de Cristo, al término de la cual debemos llegar todos juntos a no ser más que uno en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios y a constituir este Hombre perfecto en la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Eph. 4, 13). Ciertamente, esta meta a lograr está más allá de la tierra y del tiempo. Pero ella se construye poco a poco por los actos de aquí abajo en donde se funden la gracia y la naturaleza, donde se unen Dios y el hombre, donde se ejerce la Providencia, amiga de los hombres.
Si la historia de las ciudades humanas fuera conducida sólo por Dios, pasarían a ser todas ciudades de Dios diversas y fraternales en las cuales los valores propiamente humanos y terrestres estarían abiertos a Dios y a su gracia y por la misma fuerza a su más alto punto de perfección. ¡Qué civilización entonces! Digamos asimismo: ¡Qué civilizaciones! Provisorias, cierto, y finalmente mortales, pero para una resurrección transfigurante en el Reino de Dios, resurrección que no sería solamente la de nuestros cuerpos mortales, sino del mismo mundo terrestre. Pero no es sólo Dios quien conduce la historia humana. El misterio de la Providencia es el de la lucha entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, Cristo mismo no escapó a esta lucha. A sus discípulos, a los que El colmó de sus promesas, no les ocultó que tendrían que sufrir como El. Como escribió San Agustín, dos amores han construido dos ciudades, el amor de Dios hasta el odio de mi yo construyó la ciudad de Dios; el amor de sí mismo hasta odiar a Dios construyó la Ciudad del Mal. Todo lo que está sobre la Tierra, toda ciudad humana, toda historia humana es una mezcla de esas dos ciudades.
Tomado de: http://members.fortunecity.es/mariabo/la_providencia.htm
Pero ante todo cada persona humana tiene su propia historia. Es por la memoria -digamos mejor, el recuerdo- que ella tiene conciencia, durante su tiempo, de su ser permanente y de lo que ella ha vivido, de una manera inexorablemente fugitiva. No obstante, este ser espiritual que es el hombre, a pesar de existir en un tiempo que huye, lo que él percibe por su inteligencia, es la verdad intemporal de las cosas que pasan. Aún más: lo que pasó (y que ha pasado...) puede de una cierta manera permanecer en su ser permanentemente.
Porque éste es modificado en él mismo por lo que él ha vivido y más aún por lo que él ha experimentado.
No obstante, la persona humana no puede ni existir ni vivir aisladamente. Todo ser humano, entrando en la existencia, entra en un conjunto de personas que es más durable que cada una de ellas. Allí encuentra los resultados de una experiencia que él mismo no ha hecho, de un conocimiento que él no conquistó, de ejemplos, de costumbres y leyes que serán la norma de sus propios actos y también de sus juicios. Tales grupos tienen su propia historia. Los eventos que llamamos "historias" son aquellos que reverberan sobre el conjunto de los hombres existentes en los mismos tiempos y los mismos lugares y en consecuencia sobre cada uno de ellos y también por lo hecho por cada uno de ellos.
Esto fue al principio el clan, la tribu, la ciudad. Ahora es la nación. No obstante, hay conjuntos más vastos que la nación, y la verdadera historia, a los ojos de Dios, es finalmente aquella del Hombre, de la humanidad.
Si la historia humana es lo que hemos dicho, ella es el lugar mismo y el punto de aplicación de lo que nosotros hemos llamado la Providencia divina. En principio, en la historia de cada persona. Pero, por el mismo hecho, en la de los pueblos.
Cuando una guerra estalla, la vida de cada uno en ese país es sacudida. El hambre golpea a millones de hombres. Las leyes que gobiernan un país regulan no solamente la conducta social de cada uno, sino también su modo de vida y sus posibilidades de acción. Instituciones comunes a todos pueden ayudar, estimular a las personas y aportar los medios de aflorar en su verdad humana y su apertura a Dios. También pueden hacer todo lo contrario. La cultura se recibe de la sociedad, de la nación. ¿Cómo se podría hablar de la Providencia que lleva y conduce a cada persona humana, si se le quita su preocupación y su cuidado de todo lo que pasa en las naciones, pero que repercute sobre las personas? Cuando se lee la Biblia, uno se siente impresionado de la importancia extrema que allí tienen los pueblos en sus relaciones de Dios con el hombre y hasta qué punto Dios interviene personalmente e inmediatamente en su historia. Lo que ha hecho de una manera privilegiada, única, por Israel. Haciendo de los descendientes de Abraham, su pueblo. Haciéndose una realidad y una causa por él. Haciendo de él el punto de donde vendrá la persona de Jesucristo, la salvación eterna para toda la humanidad. En ese momento, evidentemente, no habrá más pueblo elegido: lo es ahora la humanidad entera. La Historia que conduce Dios es la del Hombre, y el grupo humano fundamental es ahora a los ojos de Dios la Iglesia que quiere abarcar a todos los pueblos sin quitar a ninguno su rol propio. Según los momentos, tal o cual nación, tal o cual pueblo, podrá recibir por un tiempo protección especial y ayuda providencial de Dios. En la Historia, de la cual el hombre es el sujeto, el actor y frecuentemente la víctima, habrá siempre lugar para la intervención imprevisible, absolutamente contingente de las libertades humanas. Y tanto más todavía para aquella libertad soberana que pide a Dios en todo momento el aporte de su auxilio a los actores de la historia, y de enderezar la marcha de éstos hacia la meta que El visualiza a través de ella. Si el advenimiento del hombre sobre la Tierra no hubiera sido posible sino por las intervenciones divinas "providenciales", ¿cómo Dios no continuaría conduciéndole en medio de fuerzas hostiles, por esas intervenciones de las que la Biblia nos relata tantos hechos extraordinarios, más verdaderos aún que si no fueran más que "históricos", porque nos manifiestan la realidad invisible que habita la historia? ¿Pero desde el Evangelio, el acento no se desplazó acaso de los grupos humanos, políticos, culturales, sociales, hacia las personas presentes y por venir y hacia su destino eterno? ¿Y más todavía hacia el Reino de Dios que comienza sobre la Tierra, pero que no culminará sino en otro mundo?
"Nosotros, otras civilizaciones, sabemos que somos mortales". Estas palabras de Valéry son célebres. Pero las personas mismas, no son mortales. Sólo atraviesan la muerte y son ellas, finalmente, las que hacen y deshacen las civilizaciones. Si es verdad que la Providencia interviene en la Historia de los pueblos, es finalmente menos en las batallas y en la política que en el espíritu y el corazón de aquellos que trabajan para construir las ciudades terrestres y también para defenderlas, para salvarlas de sus miserias morales, muchas veces a través de sus propios sufrimientos, de sus sacrificios, de sus santidades. Lo que hace la historia, no son antes que todo los eventos "históricos", los personajes "históricos", sino lo que ocurre en el corazón y en lo cotidiano de múltiples vidas humanas, en esa lenta y profunda elaboración de costumbres, de ideas, de comportamientos interiores, de maneras de sentir y de ser, de tradición viviente, que se traducen en ciertos momentos "históricos" en grandes explosiones y sacudimientos. ¿Cómo la Providencia no actuará también ella en el corazón de esta vida que así se transmite? Ella está allí de toda manera para ayudar a aquellos que se confían a ella en el momento mismo en que pudieran aparecer triturados por la vida y por una historia ciega y cruel.
¿Pero hacia dónde busca conducir al hombre esta acción providencial oculta en el corazón de la historia humana? Aquí, la Revelación divina, y sólo ella, puede respondernos. Y ella lo aclara todo. Es para la vida eterna que el hombre ha sido creado, hacia ella somos conducidos. Hacia la vida en plena luz con Dios, hacia la unión perfecta con El, hacia una felicidad infinita, hacia la abertura total y sobrenatural del ser humano. Y esto puede comenzar desde esta Tierra, en un mundo provisorio, llamado a transformarse. Jesús, es decir Dios mismo, encarnándose, haciéndose hombre, nos lo dijo claramente, explícitamente. Toda la Buena Nueva que es el Evangelio está allí. Y sólo El nos puede hacer acceder a su Verdad. Y es enseguida después de la caída del hombre, al nombre del Salvador que debe venir, de Jesús, que ha comenzado la invisible acción de la gracia para los hombres "de buena voluntad" que "tienen la ley de Dios inscrita en sus corazones" (Rom. 2, 15). Pues ella se explicitó en el pueblo de Israel. En fin, ella ha encontrado su plenitud cuando se realizó la Encarnación de Dios, cuando Jesús nació. Entonces, a partir de El, la gracia de Cristo se expandió por la única Iglesia que trata de reunir a todos los pueblos al mismo tiempo que a todos los hombres. ¡La Iglesia! Reunión, comunión de todos los creyentes, llamado a todos aquellos que no lo son todavía. La Eucaristía celebrada todos los días desde hace veinte siglos en la Iglesia ofrece todos los trabajos buenos y generosos de los hombres a Dios, el ofrecimiento de sus vidas, sus sufrimientos. Ella une todo eso al sacrificio redentor de Cristo, el Salvador de todos los hombres que no lo rechazan. Así la Iglesia reúne también a aquellos que no son sus fieles. Ella es la mediación invisible entre Dios y toda la humanidad y participa así en la transformación espiritual de aquellos mismos que la ignoran. Es pues, por ella que la Encarnación redentora se continúa.
Porque Dios, en verdad, había creado al hombre en un estado de unión a Él que no era aquél de la mera naturaleza, sino el de la gracia, de la naturaleza "divinizada". Pero habiéndola perdido por una ruptura libre y voluntaria con Dios, no puede reencontrarla mas que por la muerte y la resurrección de Cristo. Si se llama hecho histórico a un evento que afecta la historia, la caída original es el evento histórico por excelencia, el que cambia en su raíz misma toda la historia humana. No lo conocemos más que por el relato inspirado y divino de la caída de Adán y Eva. Lo que pasó en realidad nos es contado en ese relato, de una manera visiblemente y voluntariamente simbólica. Por llegar a ser "como dioses" (es decir independientes de Dios) han "comido" de ese "fruto" prohibido, de ese árbol "del conocimiento del bien y del mal". Y si se llama Providencia la intervención directa e inmediata de Dios en las cosas humanas, la intervención divina por excelencia, es esa misma la que fue prometida en el momento mismo en que el hombre se perdía: la venida del Verbo en la carne, en un momento del "tiempo", preparado para esto, y que se ha transformado como el primer momento de una re-creación. Con la Encarnación del Verbo comienza el cambio total de la Historia, la toma en sus manos por este "Hombre", el Hombre por excelencia en el que se va a perfeccionar y sublimar el universo. Como escribe San Juan de la Cruz: "En la Encarnación del Verbo, Dios elevó al hombre hasta la Belleza de Dios, y por el hombre a todas las creaturas".
La Historia está así toda entera pendiente de Jesucristo. Ella es una, ella es la historia del hombre, de su "divinización", y también de todo el Universo.
Es verdad que los hijos de Dios deben vivir en "los trabajos y los días" de esta tierra, en el cumplimiento de su misión humana, en la libre posesión de las realidades terrestres de las que no es esclavo sino rey, en el descubrimiento del mundo, en su construcción propiamente humana, en su "civilización", en las relaciones interpersonales que se anudan circunstancialmente a las realidades terrestres, en el amor de los compañeros que le son dados. ¿Cómo la Providencia que nos sigue paso a paso no actuará sobre todo este medio humano que condiciona a cada uno de nosotros tan poderosamente, que cada uno de nosotros concurre a construir para dejarlo a los que vienen detrás? Nosotros estamos de tal manera habituados a ver en las cosas humanas un obstáculo a las cosas divinas, que olvidamos su razón de ser original. Esta razón de ser es un elevarse hasta las cosas propiamente divinas, porque se eleva de la naturaleza a la gracia. O mas bien la gracia comienza por purificar, abrir, dilatar la naturaleza para hacerla sobrepasar. Hay una cierta manera de vivir, humana, que dispone al hombre a trascender lo puramente humano.
Así también, la intervención divina en la historia humana es constante. El objetivo que ella focaliza no es sino la transformación espiritual de la humanidad y el establecimiento del Reino de Dios, ya, sobre la tierra. No hay evento que, si alcanza verdaderamente al hombre, no pueda ser recobrado por la Providencia divina en vista, como lo dice San Pablo, de "la construcción del Cuerpo de Cristo, al término de la cual debemos llegar todos juntos a no ser más que uno en la fe y el conocimiento del Hijo de Dios y a constituir este Hombre perfecto en la medida de la edad de la plenitud de Cristo" (Eph. 4, 13). Ciertamente, esta meta a lograr está más allá de la tierra y del tiempo. Pero ella se construye poco a poco por los actos de aquí abajo en donde se funden la gracia y la naturaleza, donde se unen Dios y el hombre, donde se ejerce la Providencia, amiga de los hombres.
Si la historia de las ciudades humanas fuera conducida sólo por Dios, pasarían a ser todas ciudades de Dios diversas y fraternales en las cuales los valores propiamente humanos y terrestres estarían abiertos a Dios y a su gracia y por la misma fuerza a su más alto punto de perfección. ¡Qué civilización entonces! Digamos asimismo: ¡Qué civilizaciones! Provisorias, cierto, y finalmente mortales, pero para una resurrección transfigurante en el Reino de Dios, resurrección que no sería solamente la de nuestros cuerpos mortales, sino del mismo mundo terrestre. Pero no es sólo Dios quien conduce la historia humana. El misterio de la Providencia es el de la lucha entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, Cristo mismo no escapó a esta lucha. A sus discípulos, a los que El colmó de sus promesas, no les ocultó que tendrían que sufrir como El. Como escribió San Agustín, dos amores han construido dos ciudades, el amor de Dios hasta el odio de mi yo construyó la ciudad de Dios; el amor de sí mismo hasta odiar a Dios construyó la Ciudad del Mal. Todo lo que está sobre la Tierra, toda ciudad humana, toda historia humana es una mezcla de esas dos ciudades.
P.
Fr. J. M. Nicolás O.P.
Tomado de: http://members.fortunecity.es/mariabo/la_providencia.htm
miércoles, 1 de febrero de 2012
LA DERROTA NACIONAL DE CASEROS
El 3 de febrero de 1852 la Confederación Argentina, que conducía legítimamente y conforme a derecho don Juan Manuel de Rosas, cayó derrotada en los campos de Caseros frente a la infame coalición que conformaron brasileños, orientales “colorados”, y urquicistas.
Aquella tragedia, que marcó a fuego nuestro destino nacional, fue el fruto de una trama perversa comenzada varios años atrás.
En efecto, nuestro enemigo histórico en la región, el Imperio del Brasil, hacia tiempo que estaba preocupado por que el gobierno de Rosas se había convertido en un escollo insalvable para sus ambiciones expansionistas, de modo tal que ordenó a su hábil diplomacia que encontrase la forma de derrocar al Ilustre Restaurador de las Leyes y el Orden.
En esto los brasileños coincidieron con los intereses económicos y geopolíticos de los ingleses, los cuales no cejaban en su intento por imponer la libre navegación de nuestros ríos interiores y el sistema de librecambio.
Para tales fines, los imperiales comprendieron que debían ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Su presa mas codiciada fue el general Justo José de Urquiza, a la sazón gobernador de la provincia de Entre Ríos y a cargo del ejercito mas poderoso que disponía la Confederación Argentina.
Con ese afán ya en 1850 habían tentado al caudillo entrerriano solicitándole su neutralidad ante una eventual invasión al territorio argentino; oportunidad en la cual Urquiza supo contestar que no podía tomar tal actitud sin traicionar a su Patria.
Sin embargo, poco tiempo después, su forma de ver las cosas cambiaria. Razones de peso -o mejor dicho de pesos- influirían en ello. Y es que don Juan Manuel había resuelto poner fin al comercio espurio que había enriquecido al entrerriano.
Como bien lo explica el historiador José María Rosa, la política económica proteccionista que impulsó don Juan Manuel -instrumentalizada principalmente con la Ley de Aduana-, si bien protegió y dio un gran impulso a la actividad industrial en las provincias del interior –desencadenando así las agresiones anglofrancesas que culminaron en la Vuelta de Obligado-, sin embargo se convirtió en una molestia para los negocios personales de Urquiza.
Y aunque todos los gobernadores conservaron el derecho de adoptar las medidas económicas que deseen para sus provincias, siempre y cuando no perjudicaran a la Confederación; además de tener sus propias aduanas interiores y exteriores, sin que Buenos Aires obtuviera ninguna renta que les correspondieran a ellas; el caso es que Urquiza fue mas allá, en pos de su interés personal, abasteciendo a Montevideo, plaza enemiga sitiada por la Confederación, así como traficando oro y transgrediendo la ley de aduana en detrimento del bien común de los argentinos.
Su mismo secretario personal, Nicanor Molina reconoció que “Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. Claro que Urquiza debió encubrir esas motivaciones y alegó que se pronunciaba en contra de Rosas para dar al país una Constitución y terminar con la tiranía. Cuestiones que nunca antes le habían interesado y que tampoco podían justificar que un general de la Nación se una a los enemigos de la Patria con el objeto derrocar un gobierno e imponer otro ajeno a los intereses nacionales.
Así fue que, con ese pecado original –crimen de lesa patria-, se llegó al oprobioso 3 de febrero de 1852 y a la derrota inevitable de la Confederación Argentina frente a fuerzas mucho más poderosas. Fuerzas que dicho sea de paso habían sido financiadas por el enemigo extranjero poniéndose el patrimonio nacional como garantía del pago por dicha ayuda.
La ola de crímenes que se desató inmediatamente después de esta batalla fue otro baldón en dicho proceso, y fue un ejemplo más del proceder consuetudinario de unitarios y liberales en nuestra Patria. Más de 600 asesinatos en la ciudad de Buenos Aires, acompañados de toda clase de vejámenes a la población civil. Miles de ejecuciones en la campaña; toda una división del ejercito federal –la división Aquino- pasada por las armas; el coronel Chilavert y cientos de los héroes que lucharon en la Vuelta de Obligado asesinados cruelmente por los vencedores de Caseros.
El proceder de estos “iluminados”, que decían luchar contra la tiranía y el terror, y que prometían traernos los beneficios de la civilización; así como todo lo que vino después de Caseros, justificaría aun más todo lo hecho por don Juan Manuel de Rosas.
Las consecuencias de tal ignominia serian tristes, gravísimas y perdurables.
Por lo pronto, con la batalla de Caseros, Brasil salvó su destino y lavó sus afrentas. El hecho de que si bien la misma tuvo lugar el día 3 de febrero y que sus tropas esperaran hasta el día 20 de ese mes –aniversario de nuestra victoria en Ituzaingo- para recién entrar desfilando victoriosas en Bs As., lo dice todo.
Pero lo más grave fue que para la Nación Argentina Caseros vino a ser el comienzo de su declive nacional. Este hecho significó la interrupción de aquella empresa común iniciada en 1550 con la fundación de la ciudad de Santiago del Estero; determinó la ruptura de nuestra tradición histórica y el aborto de nuestro destino de grandeza.
A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país, una antiargentina, de espaldas a la Argentina real y en contra de su verdadero Ser nacional.
El país que nació de aquel oprobio se edificaría conforme a los dictados de la masonería internacional y respondería a los intereses del imperialismo anglosajón.
El Estado que se organizará será la base del actual sistema de dominación que asegura el gobierno de los peores y la sumisión de nuestra Patria al capital financiero internacional.
El modelo económico a implantarse de aquí en más se encargará de transferir nuestras riquezas al extranjero; y nuestra cultura hispano católica y criolla sufrirá el embate de la cosmovisión materialista, laicista y liberal que transmiten las logias masónicas.
Incluso el repudio a lo autóctono llegó a tal punto que se intentó implementar un verdadero genocidio con nuestro pueblo criollo a los efectos de reemplazarlo por una inmigración anglosajona y protestante que gracias a Dios no arribó a estas tierras. De todos modos, aquellas matanzas sistemáticas de gauchos habrían de afectar la sicología del arquetipo del hombre argentino, contribuyendo a la perdida de nuestro antiguo espíritu heroico y digno.
Ese espíritu fundacional perdido -pero materialmente vivo- es lo que los argentinos debemos recuperar para que volvamos a tener una Nación grande, fuerte e independiente, como la de los tiempos de don Juan Manuel; y para que los felones de hoy –del mismo linaje de los de Caseros- tengan su merecido.
Dr. Edgardo Atilio Moreno
Publicado en Patria Argentina Nº 284
Aquella tragedia, que marcó a fuego nuestro destino nacional, fue el fruto de una trama perversa comenzada varios años atrás.
En efecto, nuestro enemigo histórico en la región, el Imperio del Brasil, hacia tiempo que estaba preocupado por que el gobierno de Rosas se había convertido en un escollo insalvable para sus ambiciones expansionistas, de modo tal que ordenó a su hábil diplomacia que encontrase la forma de derrocar al Ilustre Restaurador de las Leyes y el Orden.
En esto los brasileños coincidieron con los intereses económicos y geopolíticos de los ingleses, los cuales no cejaban en su intento por imponer la libre navegación de nuestros ríos interiores y el sistema de librecambio.
Para tales fines, los imperiales comprendieron que debían ganarse el apoyo de los enemigos internos de Rosas. Su presa mas codiciada fue el general Justo José de Urquiza, a la sazón gobernador de la provincia de Entre Ríos y a cargo del ejercito mas poderoso que disponía la Confederación Argentina.
Con ese afán ya en 1850 habían tentado al caudillo entrerriano solicitándole su neutralidad ante una eventual invasión al territorio argentino; oportunidad en la cual Urquiza supo contestar que no podía tomar tal actitud sin traicionar a su Patria.
Sin embargo, poco tiempo después, su forma de ver las cosas cambiaria. Razones de peso -o mejor dicho de pesos- influirían en ello. Y es que don Juan Manuel había resuelto poner fin al comercio espurio que había enriquecido al entrerriano.
Como bien lo explica el historiador José María Rosa, la política económica proteccionista que impulsó don Juan Manuel -instrumentalizada principalmente con la Ley de Aduana-, si bien protegió y dio un gran impulso a la actividad industrial en las provincias del interior –desencadenando así las agresiones anglofrancesas que culminaron en la Vuelta de Obligado-, sin embargo se convirtió en una molestia para los negocios personales de Urquiza.
Y aunque todos los gobernadores conservaron el derecho de adoptar las medidas económicas que deseen para sus provincias, siempre y cuando no perjudicaran a la Confederación; además de tener sus propias aduanas interiores y exteriores, sin que Buenos Aires obtuviera ninguna renta que les correspondieran a ellas; el caso es que Urquiza fue mas allá, en pos de su interés personal, abasteciendo a Montevideo, plaza enemiga sitiada por la Confederación, así como traficando oro y transgrediendo la ley de aduana en detrimento del bien común de los argentinos.
Su mismo secretario personal, Nicanor Molina reconoció que “Al pronunciamiento se fue porque Rosas no permitía el comercio del oro por Entre Ríos”. Claro que Urquiza debió encubrir esas motivaciones y alegó que se pronunciaba en contra de Rosas para dar al país una Constitución y terminar con la tiranía. Cuestiones que nunca antes le habían interesado y que tampoco podían justificar que un general de la Nación se una a los enemigos de la Patria con el objeto derrocar un gobierno e imponer otro ajeno a los intereses nacionales.
Así fue que, con ese pecado original –crimen de lesa patria-, se llegó al oprobioso 3 de febrero de 1852 y a la derrota inevitable de la Confederación Argentina frente a fuerzas mucho más poderosas. Fuerzas que dicho sea de paso habían sido financiadas por el enemigo extranjero poniéndose el patrimonio nacional como garantía del pago por dicha ayuda.
La ola de crímenes que se desató inmediatamente después de esta batalla fue otro baldón en dicho proceso, y fue un ejemplo más del proceder consuetudinario de unitarios y liberales en nuestra Patria. Más de 600 asesinatos en la ciudad de Buenos Aires, acompañados de toda clase de vejámenes a la población civil. Miles de ejecuciones en la campaña; toda una división del ejercito federal –la división Aquino- pasada por las armas; el coronel Chilavert y cientos de los héroes que lucharon en la Vuelta de Obligado asesinados cruelmente por los vencedores de Caseros.
El proceder de estos “iluminados”, que decían luchar contra la tiranía y el terror, y que prometían traernos los beneficios de la civilización; así como todo lo que vino después de Caseros, justificaría aun más todo lo hecho por don Juan Manuel de Rosas.
Las consecuencias de tal ignominia serian tristes, gravísimas y perdurables.
Por lo pronto, con la batalla de Caseros, Brasil salvó su destino y lavó sus afrentas. El hecho de que si bien la misma tuvo lugar el día 3 de febrero y que sus tropas esperaran hasta el día 20 de ese mes –aniversario de nuestra victoria en Ituzaingo- para recién entrar desfilando victoriosas en Bs As., lo dice todo.
Pero lo más grave fue que para la Nación Argentina Caseros vino a ser el comienzo de su declive nacional. Este hecho significó la interrupción de aquella empresa común iniciada en 1550 con la fundación de la ciudad de Santiago del Estero; determinó la ruptura de nuestra tradición histórica y el aborto de nuestro destino de grandeza.
A partir de entonces se comenzó a inventar un nuevo país, una antiargentina, de espaldas a la Argentina real y en contra de su verdadero Ser nacional.
El país que nació de aquel oprobio se edificaría conforme a los dictados de la masonería internacional y respondería a los intereses del imperialismo anglosajón.
El Estado que se organizará será la base del actual sistema de dominación que asegura el gobierno de los peores y la sumisión de nuestra Patria al capital financiero internacional.
El modelo económico a implantarse de aquí en más se encargará de transferir nuestras riquezas al extranjero; y nuestra cultura hispano católica y criolla sufrirá el embate de la cosmovisión materialista, laicista y liberal que transmiten las logias masónicas.
Incluso el repudio a lo autóctono llegó a tal punto que se intentó implementar un verdadero genocidio con nuestro pueblo criollo a los efectos de reemplazarlo por una inmigración anglosajona y protestante que gracias a Dios no arribó a estas tierras. De todos modos, aquellas matanzas sistemáticas de gauchos habrían de afectar la sicología del arquetipo del hombre argentino, contribuyendo a la perdida de nuestro antiguo espíritu heroico y digno.
Ese espíritu fundacional perdido -pero materialmente vivo- es lo que los argentinos debemos recuperar para que volvamos a tener una Nación grande, fuerte e independiente, como la de los tiempos de don Juan Manuel; y para que los felones de hoy –del mismo linaje de los de Caseros- tengan su merecido.
Dr. Edgardo Atilio Moreno
Publicado en Patria Argentina Nº 284
viernes, 27 de enero de 2012
ROSISMO, TRADICIONALISMO Y CARLISMO
Las interpretaciones acerca de lo que Rosas y su época significaron para la historia argentina y americana son numerosas, algunas de ellas ocasión de legítimas polémicas entre “tradicionalistas” y “nacionalistas”. Otras adolecen, en cambio, de serios errores, aunque tengan el buen propósito de refutar las “mentiras a designio” de la falsificación liberal de nuestra historia. Es lo que sucede con la hermenéutica populista y/o clasista del llamado “revisionismo de izquierda”. Sea lo que fuere de todas estas cuestiones- cuyo análisis ha realizado con erudición y rigor científico el Prof. Antonio Caponnetto en su “Los críticos del revisionismo histórico” – hay un modo de entender el “rosismo” que es de sumo interés para todos aquellos que de un modo u otro simpatizamos con el tradicionalismo hispánico y sobre todo con el carlismo, siendo argentinos. Máxime si se considera que el mismo proviene de uno de los primeros historiadores revisionistas, que intentó darle al nacionalismo fundacional un carácter explícitamente católico y contrarrevolucionario. Nos referimos a Don Alberto Ezcurra Medrano. En un artículo de juventud (“La época de Rosas”), escrito en 1929, (cuando el revisionismo no era todavía “elemento común” de las incipientes corrientes nacionalistas), Ezcurra Medrano realizó una interpretación “tradicionalista” sobre Rosas, cuyos aspectos fundamentales continuó en un trabajo posterior (“El sentido histórico de la época de Rosas”), del año 1940, En ambos casos, se apoyó en ciertos juicios de José Ingenieros acerca del llamado “federalismo apostólico”, pero con una valoración opuesta, como veremos a continuación. Vale la pena citar en primer lugar los textos de Ingenieros, antes de remitirnos a los del propio Ezcurra:
“Los iniciadores de nuestra historia – afirmaba Ingenieros - rara vez tuvieron tiempo y ocasión de remontar sus miradas al mundo europeo, de que las nacionalidades americanas se desprendieron; mirando la pieza sin ver el mosaico, no han podido abarcar en una visión sintética el significado real de la Restauración contrarrevolucionaria, personificada al fin en Juan Manuel de Rosas (…) La época de Rosas, contemplada en el cuadro general de la Restauración, es un episodio de un vasto movimiento internacional (…) Todos los países del mundo que hicieron coro a la Revolución Francesa han tenido su Vandea (sic), grande o pequeña (…) En las regiones rurales y serranas de Europa tenía más hondo arraigo la mentalidad feudal, cuyas características eran precisas: el espíritu localista, la superstición religiosa y un odio a la cultura de las ciudades (…) No sorprende, por consiguiente, que las más terribles insurrecciones contrarrevolucionarias de Francia ocurriesen en la Vandea (…). Los sacerdotes que no aceptaron la nacionalización de la Iglesia – los ‘refractarios’ – se lanzaron a predicar la sublevación contra el Estado, formando los ejércitos de la fe, inmensas partidas de ‘montoneros’ que en 1793 pusieron en jaque al gobierno (…). Por eso se llamaron apostólicos, nombre que predominó en España cuando se desenvolvió allí un proceso político semejante (…) En el virreinato del Río de la Plata se repitieron, estrictamente, esos alzamientos religiosos contra la Revolución, coincidiendo, con ligero retraso, con los de España. El primero ocurrió en el Alto Perú, contra la expedición revolucionaria de Castelli (…) El segundo alzamiento religioso hubo de ser general en todo el país, manejado desde Buenos Aires por el partido apostólico, en momentos de emprender Rivadavia la reforma eclesiástica. En la capital se tradujo por la conspiración Tagle (1822) y por el motín de los apostólicos (1823); tuvo expresiones simultáneas y semejantes en Santa Fe, Córdoba y San Juan, bajo la instigación de sacerdotes nativos que defendían los intereses de la Santa Sede contra los del estado argentino. Pero en ninguna parte la cruzada religiosa alcanzó un éxito comparable al que logró un célebre señor feudal de La Rioja, inspirado por el sacerdote papista Pedro Ignacio de Castro Barros, su cómplice y comprovinciano. Antes de reconstruir los sucesos, recordemos que corresponde al General Paz el mérito de haber denominado Vandea pequeña a la zona en que Quiroga paseó sus estandartes con la divisa ¡Religión o muerte! (…) ¿Qué significaba la restauración para los señores feudales? Simplemente: reasumir cada vecindario la autonomía que creía disminuida por la existencia de un gobierno nacional. En España los señores feudales eran condes u obispos; en América eran Comandantes de campaña como Quiroga e Ibarra, o religiosos de aldea, como Castro Barros (…). El sentido feudal de estos alzamientos (…) aparece más claro comparando el proceso de la Restauración en España y en la Argentina. El mismo partido apostólico que en la península enciende las campañas al grito de ¡religión o muerte!; sostiene los fueros locales contra la unidad nacional” y “rechaza cualquier Constitución que preceptúe idénticos derechos y deberes para españoles de todas las regiones (…). En la evolución ulterior del partido restaurador español, los absolutistas se pliegan a Don Carlos (apoyado por los gobiernos de Austria, Rusia y Prusia), que proclamó abiertamente el doble principio de los fueros localistas y de la intolerancia religiosa; la reina Cristina concentró, en cambio, los elementos liberales y nacionalistas (apoyada por Francia e Inglaterra). La conjunción de sentimientos teológicos- feudales era aquí igualmente explicable; la vieja sociedad colonial, se resistía legítimamente a compartir el liberalismo de la Revolución Argentina (…) Aquí, como en España, se llamó entonces apostólico al partido cuyo programa era combatir las innovaciones políticas y religiosas. El nombre fue de uso corriente, y, sin duda, se introdujo de la península (…) En ese momento los restauradores toman contacto y acaban por fundar una sociedad con dos caras visibles. Los hacendados y comerciantes ricos componen la ‘Sociedad Popular Restauradora’; los matarifes y mulatos, al servicio de los primeros, se agrupan en ‘La Mazorca’ (…) El modelo para la sociedad lo dio España; el mecanismo fue montado por hombres que habían trabajado ya en la península, como agentes de ‘El Angel Exterminador’. El famosísimo Andrés Parra, Ochoteco, Santa Coloma, venidos de ultramar fueron los primeros instrumentos que Doña Encarnación, Anchorena, Medrano, Tagle, pusieron en juego, junto con los capataces de los mataderos y los curas párrocos. Lo ocurrido en Buenos Aires es una copia fiel de lo ya conocido en Madrid”
Ezcurra Medrano citaba, de este libro de Ingenieros otro párrafo elocuente:
“La Restauración fue un proceso internacional contrarrevolucionario, extendido a todos los países cuyas instituciones habían sido subvertidas por la Revolución…La restauración argentina fue un caso particular de este vasto movimiento reaccionario, poniendo en pugna las dos civilizaciones que coexistían dentro de la nacionalidad en formación; su resultado fue el predominio de los intereses coloniales sobre los ideales del núcleo penante que efectuó la Revolución”
Y aclaraba:
“Ingenieros, imbuido de prejuicios liberales, confunde Revolución de Mayo y liberalismo. Así pues, donde dice ‘intereses coloniales’, léase ‘tradición’, y donde dice ‘los ideales del núcleo pensante…’ léase ‘liberalismo’ ”.
A continuación copiamos la glosa que Ezcurra Medrano hizo, desde la Fe y la Tradición, del texto de Ingenieros:
“Rosas fue la encarnación de ese movimiento reaccionario. La tradición argentina era católica y enemiga del exótico liberalismo rivadaviano. Pues bien: Rosas, apenas subido al gobierno, ordenó restablecer comunicaciones con la Silla Apostólica y reconoció en el carácter de Vicario al obispo designado por el delegado del Sumo Pontífice, decretando también que se le guardasen los mismos honores, distinciones y prerrogativas que le acordaban las leyes de Indias. En su segundo gobierno permitió restablecer la Compañía de Jesús, expulsada desde la época de Carlos III, mandándole entregar la Iglesia y el colegio, y autorizándola para desarrollar la enseñanza universitaria. Son numerosos los documentos y leyes que prueban el respeto de Rosas hacia la tradición católica, no siendo suficiente para demostrar lo contrario las cuestiones con los jesuitas y con el Vaticano, cuestiones de orden político y diplomático que no tuvieron por causa la ideología liberal que inspiró a otros gobiernos (…) La opinión, en ese tiempo, era también republicana. Diez años de complicaciones, diligencias y fracasos ante las cortes europeas (…) terminaron por desprestigiar la idea monárquica, que había contado entre sus adeptos a San Martín, Belgrano, Pueyrredón, Rivadavia, Alvear, Sarratea, Posadas, García, Gómez y la mayor parte de los congresales de Tucumán. Rosas, personalmente, no fue monárquico ni republicano (…) ‘Siempre he creído – dijo – que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas según el estado del país respectivo’. En esto (…) se contentó con respetar la tradición republicana que se iba formando y rechazó las tentativas de los que, como Roxas y Patrón, le propusieron el establecimiento de un régimen hereditario (…). Finalmente, la tradición argentina era federal. El Federalismo tradicional no tenía nada que ver con el federalismo norteamericano de Dorrego”.
En el artículo de 1940 ampliaría este análisis:
“Perteneciente a una familia rural de rancio abolengo, (Rosas) supo captar como nadie la realidad de la tierra. Se vio rodeado a la vez de la vieja aristocracia española y de todo el pueblo de la ciudad y campaña de Buenos Aires (…) Bajo cualquier aspecto que se examine la obra de Rosas, vemos aparecer en ella el sello tradicional. En el orden espiritual, por ejemplo, la Restauración es netamente católica: la obligación especialmente establecida de conservar, defender y proteger al catolicismo (…), la enseñanza obligatoria de la doctrina cristiana, la censura religiosa de la instrucción (…), la prohibición de libros y pinturas que ofendiesen la religión, la moral y las buenas costumbres (…), la fundación de iglesias, son medidas que caracterizan suficientemente el espíritu católico de la Restauración (…)
En lo referente a la política interna, la época de Rosas no es otra cosa que una larga lucha por la restauración de la autoridad y de la unidad que caracterizaron al Virreinato, y que habían sido desquiciadas por los errores de federales y unitarios. Rosas, respetando (…) el régimen de confederación existente, realizó de facto, con el pueblo y en el sentido tradicional, lo que otros pretendieron realizar de jure, contra el pueblo y en el sentido liberal (…) Y toda esa obra verdaderamente organizadora – mucho más que las constituciones impresas en papel – se iba haciendo sobre la base de la legislación tradicional, sin improvisaciones constitucionalistas ni codificadoras.
Hay, hasta en los detalles, un sabor tan tradicional en esa restauración de la autoridad ‘al modo hispánico’, que Ernesto Quesada ha podido hacer un paralelo exacto entre Rosas y Felipe II. Más aún, hay en ella (…) una acentuada repugnancia por el sufragio universal (…). Rosas que instintivamente desconfiaba de él, quería experimentarlo en cabeza ajena y se hacía informar por su ministro Alvear acerca de cómo funcionaba en los Estados Unidos, donde dejaba ‘muy mucho que desear’, según sus propias palabras (…)
Hay en toda esa época un espíritu tradicional que sorprende hoy (…). Las canciones populares, de neta filiación hispánica, lo reflejaban….el restablecimiento del capilote en la Universidad…. de las corridas de toros…Son pequeños signos de algo muy grande y hermoso, de ese espíritu restaurador, tradicional, hispánico por consiguiente, que animó a Rosas y al grupo selecto de hombres que lo rodearon”
¿Fue sincero este afán restaurador de Rosas? ¿Respondía a su pensamiento íntimo o actuó así por simple cálculo político? Si tenemos en cuenta la lectura de los clásicos que fueron base de su formación política – aunque Rosas no fuera un intelectual - como Platón, Aristóteles, Cicerón, Gaspar de Real de Curban – discípulo de Bossuet -, Burke y Joseph de Maistre, si analizamos su hermenéutica tradicionalista de la Revolución de Mayo o sus opiniones en el exilio acerca de la Revolución Moderna, no caben muchas dudas acerca de la sinceridad de Rosas como de sus hondas afinidades con el tradicionalismo. Hace unos años escribimos un trabajo titulado “Ideas políticas y constitucionales de Don Juan Manuel de Rosas”. Reproducimos, con algunas correcciones, el final de ese escrito que, según nos parece, corrobora lo que decimos acerca de esta relación de semejanza entre rosismo, tradicionalismo y carlismo, y que está en la misma línea de lo que sostenía Don Alberto Ezcurra Medrano:
“En la propia Argentina tuvo que enfrentar Rosas el poder secreto de las logias y el fermento de la Revolución. Lo dijo con toda claridad: “Las logias establecidas en Europa y ramificadas infortunadamente en América, practican teorías desorganizadoras y propendiendo al desenfreno de las pasiones, asestan golpes a la República, a la moral, y consiguientemente a la tranquilidad del Mundo”. Espíritu revolucionario que “ha penetrado infortunadamente hasta en alguna parte del clero”. En la Argentina, “toda la República está plagada de hombres pérfidos pertenecientes a la facción unitaria, o que obran por su influencia y en el sentido de sus infames deseos, y que la empresa que se han propuesto no es sólo de lo que existen entre nosotros, sino de las logias europeas ramificadas en todos los nuevos Estados de este Continente”
Estando Rosas en el exilio, pudo contemplar el espectáculo terrible de las revoluciones liberales, socialistas y nacionalistas (del nacionalismo exagerado y jacobino, no del contrarrevolucionario) que asolaban al Viejo Continente. Su respeto a la Religión Católica, su amor al Orden y a la Tradición, su defensa de la Justicia – en especial con los pobres –, su convicción de que propiedad privada y herencia son instituciones fundamentales de la sociedad, su aborrecimiento de las logias masónicas , del socialismo y del comunismo quedan patentes en las ideas expresadas en diversas oportunidades. Transcribamos algunas como ejemplo de lo que venimos diciendo:
“Se quiere vivir en la clase de licenciosa tiranía a que llaman libertad , invocando los derechos primordiales del hombre, sin hacer caso del derecho de la sociedad a no ser ofendida (…) Si hay algo que necesita de dignidad, decencia y respeto es la libertad, porque la licencia está a un paso”
“Conozco la lucha de los intereses materiales con el pensamiento; de la usurpación con el derecho; del despotismo con la libertad. Y están ya por darse los combates que producirán la anarquía sin término. ¿Dónde está el poder de los gobiernos para hacerse obedecer? Los adelantos y grandes descubrimientos de que estamos tan orgullosos. ¡Dios sabe solamente adonde nos llevarán! ¡Pienso que nos llevan a la anarquía, al lujo, a la pasión de oro, a la corrupción, a la mala fe, al caos!
“La plebe sigue su camino insolente. Pero es que los gravámenes continúan terribles. Los labradores y arrendatarios sin capital siguen trabajando sólo para pagar la renta y las contribuciones. Viven así pidiendo para pagar, pagando para pedir”
“La Internacional …sociedad de guerra y de odio que tiene por base el ateísmo y el comunismo, por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de los que poseen, por medio de la fuerza brutal del gran número que aplastará a todo cuanto intente resistirle. Tal es el programa que con cínica osadía han propuesto los jefes a sus adeptos, lo han enseñado públicamente en sus Congresos e insertado en sus periódicos. Sus reglas de conducta son la negación de todos los principios sobre que descansa la civilización”.
Carlos Ibarguren sintetizaba del siguiente modo estos pensamientos del Restaurador:
“La expansión de las ideas liberales y de la democracia, la inquietud del proletariado y la propaganda del socialismo; la indisciplina general, las consecuencias económicas de la gran industria mecánica, las luchas civiles en ambas Américas, las guerras europeas, la violenta acción imperialista de las poderosas monarquías, el positivismo y el materialismo que embestían contra la religión y la Iglesia, todo ese gran movimiento político, económico, científico y filosófico que fermentó después de 1850 conmoviendo a la sociedad, provocaba repulsión en el espíritu reaccionario y conservador de Rosas (...) Para conseguir la paz social y la armonía internacional, Rosas no encuentra otro remedio que `reunir un Congreso de representantes de todos los países’” y “el establecimiento de una Liga de las naciones cristianas, del tipo de la Santa Alianza y presidida por el Papa (...) Piensa que para salvar las dificultades que rodean a las monarquías se deben fortalecer los ejércitos” y para “alcanzar el mejor equilibrio social y político en Europa y sostener a la Iglesia” promover “la unión de los reyes alrededor del Sumo Pontífice y la `dictadura temporal del Papa en Roma, con el sostén y el acuerdo de los soberanos cristianos’”. Finalmente y fiel a esta mentalidad tradicionalista, combate la libertad de enseñanza tal como la entendía y la entiende el liberalismo laicista: “Por la enseñanza libre la más noble de las profesiones se convierte en arte de explotación a favor de los charlatanes, de los que profesan ideas falsas subversivas de la moral o del orden público. La enseñanza libre introduce la anarquía en la ideas de los hombres, que se forman en principios opuestos o variados al infinito. Así el amor a la patria se extinguirá, el gobierno constitucional será imposible, porque no encontrará la base sólida de una mayoría suficiente para seguir un sistema en medio de la opinión pública confundida, como los idiomas en la Torre de Babel” Y en una frase que recuerda la profecía de Donoso Cortés en su famoso Discurso sobre la Dictadura (…) decía: “Ahora mismo Francia, España y los Estados Unidos están delineando el porvenir. Las Naciones, o vivirán constantemente agitadas, o tendrán que someterse al despotismo de alguno que quiera y pueda ponerlas en paz”.
Es claro que no dejaba de haber en el pensamiento de Rosas ciertas ambigüedades: invocaciones a la soberanía popular, que por aquel entonces aparecían también en tradicionalistas hispánicos como Aparisi y Guijarro; ambivalencias en torno al librecambismo y al proteccionismo económicos (como en el conservadorismo anglosajón heredero de Burke); expresiones confusas sobre la separación Iglesia – Estado (que consideraba mala por “inoportuna”) o sobre el papel del Concilio en relación al Papa ( que pueden dar pie a una interpretación ortodoxa, pero que suenan extrañas en el lenguaje de aquellos tiempos); cierta visión benévola de la Primera República Española, etc. Pero son ideas sueltas, no necesariamente constantes y que en todo caso desentonan en un cuadro general y firme, de adhesión al Papado, a la Cristiandad, y a la Tradición y que le llevaba a rezar dolorido: “¡Dios nuestro perdonadnos, e iluminad la marcha de los primeros hombres, en las Naciones de la Cristiandad!”
Por eso Don Juan Manuel, Caudillo natural del “federalismo apostólico” pudo afirmar – y esto es de vital importancia en el Bicentenario de la Revolución de Mayo – que la instalación de la Primera Junta se hizo, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España”
Carlismo y rosismo son pues y según podemos entender, dos páginas de una misma historia – una en la Península, otra en América -, de una “guerra contrarrevolucionaria” basada en los mismos principios y valores: la Cristiandad y la Hispanidad. En España bajo el lema “Dios, Patria, Fueros, Rey” y en la Argentina con la divisa de la “Santa Federación”, que suponía la defensa de la Fe católica, de la unidad argentina y americana, de las legítimas autonomías provinciales y de la cultura tradicional hispano- criolla
Fernando Romero Moreno
Bibliografía:
Corvalán Lima, Héctor, Rosas y la Formación Constitucional Argentina, Separata de Idearium, Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Mendoza, N° 2, Mendoza, 1977
Ezcurra Medrano, Alberto, La Epoca de Rosas, en El Baluarte, 1929
Ezcurra Medrano, Alberto, El sentido histórico de la época de Rosas, en Ofensiva, 12 de octubre de 1940
Ibarguren, Carlos , Juan Manuel de Rosas. Su vida, Su drama, su tiempo, Ediciones Teoría, Biblioteca de Estudios Históricos, Buenos Aires, 1962
Ingenieros, José, Obras completas revisadas y anotadas por Anibal Ponce, Volumen 15, La Evolución de las Ideas argentinas, Libro III, La Restauración
Sampay , Arturo Enrique, Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, Juarez Editor, Buenos Aires, 1972.
“Los iniciadores de nuestra historia – afirmaba Ingenieros - rara vez tuvieron tiempo y ocasión de remontar sus miradas al mundo europeo, de que las nacionalidades americanas se desprendieron; mirando la pieza sin ver el mosaico, no han podido abarcar en una visión sintética el significado real de la Restauración contrarrevolucionaria, personificada al fin en Juan Manuel de Rosas (…) La época de Rosas, contemplada en el cuadro general de la Restauración, es un episodio de un vasto movimiento internacional (…) Todos los países del mundo que hicieron coro a la Revolución Francesa han tenido su Vandea (sic), grande o pequeña (…) En las regiones rurales y serranas de Europa tenía más hondo arraigo la mentalidad feudal, cuyas características eran precisas: el espíritu localista, la superstición religiosa y un odio a la cultura de las ciudades (…) No sorprende, por consiguiente, que las más terribles insurrecciones contrarrevolucionarias de Francia ocurriesen en la Vandea (…). Los sacerdotes que no aceptaron la nacionalización de la Iglesia – los ‘refractarios’ – se lanzaron a predicar la sublevación contra el Estado, formando los ejércitos de la fe, inmensas partidas de ‘montoneros’ que en 1793 pusieron en jaque al gobierno (…). Por eso se llamaron apostólicos, nombre que predominó en España cuando se desenvolvió allí un proceso político semejante (…) En el virreinato del Río de la Plata se repitieron, estrictamente, esos alzamientos religiosos contra la Revolución, coincidiendo, con ligero retraso, con los de España. El primero ocurrió en el Alto Perú, contra la expedición revolucionaria de Castelli (…) El segundo alzamiento religioso hubo de ser general en todo el país, manejado desde Buenos Aires por el partido apostólico, en momentos de emprender Rivadavia la reforma eclesiástica. En la capital se tradujo por la conspiración Tagle (1822) y por el motín de los apostólicos (1823); tuvo expresiones simultáneas y semejantes en Santa Fe, Córdoba y San Juan, bajo la instigación de sacerdotes nativos que defendían los intereses de la Santa Sede contra los del estado argentino. Pero en ninguna parte la cruzada religiosa alcanzó un éxito comparable al que logró un célebre señor feudal de La Rioja, inspirado por el sacerdote papista Pedro Ignacio de Castro Barros, su cómplice y comprovinciano. Antes de reconstruir los sucesos, recordemos que corresponde al General Paz el mérito de haber denominado Vandea pequeña a la zona en que Quiroga paseó sus estandartes con la divisa ¡Religión o muerte! (…) ¿Qué significaba la restauración para los señores feudales? Simplemente: reasumir cada vecindario la autonomía que creía disminuida por la existencia de un gobierno nacional. En España los señores feudales eran condes u obispos; en América eran Comandantes de campaña como Quiroga e Ibarra, o religiosos de aldea, como Castro Barros (…). El sentido feudal de estos alzamientos (…) aparece más claro comparando el proceso de la Restauración en España y en la Argentina. El mismo partido apostólico que en la península enciende las campañas al grito de ¡religión o muerte!; sostiene los fueros locales contra la unidad nacional” y “rechaza cualquier Constitución que preceptúe idénticos derechos y deberes para españoles de todas las regiones (…). En la evolución ulterior del partido restaurador español, los absolutistas se pliegan a Don Carlos (apoyado por los gobiernos de Austria, Rusia y Prusia), que proclamó abiertamente el doble principio de los fueros localistas y de la intolerancia religiosa; la reina Cristina concentró, en cambio, los elementos liberales y nacionalistas (apoyada por Francia e Inglaterra). La conjunción de sentimientos teológicos- feudales era aquí igualmente explicable; la vieja sociedad colonial, se resistía legítimamente a compartir el liberalismo de la Revolución Argentina (…) Aquí, como en España, se llamó entonces apostólico al partido cuyo programa era combatir las innovaciones políticas y religiosas. El nombre fue de uso corriente, y, sin duda, se introdujo de la península (…) En ese momento los restauradores toman contacto y acaban por fundar una sociedad con dos caras visibles. Los hacendados y comerciantes ricos componen la ‘Sociedad Popular Restauradora’; los matarifes y mulatos, al servicio de los primeros, se agrupan en ‘La Mazorca’ (…) El modelo para la sociedad lo dio España; el mecanismo fue montado por hombres que habían trabajado ya en la península, como agentes de ‘El Angel Exterminador’. El famosísimo Andrés Parra, Ochoteco, Santa Coloma, venidos de ultramar fueron los primeros instrumentos que Doña Encarnación, Anchorena, Medrano, Tagle, pusieron en juego, junto con los capataces de los mataderos y los curas párrocos. Lo ocurrido en Buenos Aires es una copia fiel de lo ya conocido en Madrid”
Ezcurra Medrano citaba, de este libro de Ingenieros otro párrafo elocuente:
“La Restauración fue un proceso internacional contrarrevolucionario, extendido a todos los países cuyas instituciones habían sido subvertidas por la Revolución…La restauración argentina fue un caso particular de este vasto movimiento reaccionario, poniendo en pugna las dos civilizaciones que coexistían dentro de la nacionalidad en formación; su resultado fue el predominio de los intereses coloniales sobre los ideales del núcleo penante que efectuó la Revolución”
Y aclaraba:
“Ingenieros, imbuido de prejuicios liberales, confunde Revolución de Mayo y liberalismo. Así pues, donde dice ‘intereses coloniales’, léase ‘tradición’, y donde dice ‘los ideales del núcleo pensante…’ léase ‘liberalismo’ ”.
A continuación copiamos la glosa que Ezcurra Medrano hizo, desde la Fe y la Tradición, del texto de Ingenieros:
“Rosas fue la encarnación de ese movimiento reaccionario. La tradición argentina era católica y enemiga del exótico liberalismo rivadaviano. Pues bien: Rosas, apenas subido al gobierno, ordenó restablecer comunicaciones con la Silla Apostólica y reconoció en el carácter de Vicario al obispo designado por el delegado del Sumo Pontífice, decretando también que se le guardasen los mismos honores, distinciones y prerrogativas que le acordaban las leyes de Indias. En su segundo gobierno permitió restablecer la Compañía de Jesús, expulsada desde la época de Carlos III, mandándole entregar la Iglesia y el colegio, y autorizándola para desarrollar la enseñanza universitaria. Son numerosos los documentos y leyes que prueban el respeto de Rosas hacia la tradición católica, no siendo suficiente para demostrar lo contrario las cuestiones con los jesuitas y con el Vaticano, cuestiones de orden político y diplomático que no tuvieron por causa la ideología liberal que inspiró a otros gobiernos (…) La opinión, en ese tiempo, era también republicana. Diez años de complicaciones, diligencias y fracasos ante las cortes europeas (…) terminaron por desprestigiar la idea monárquica, que había contado entre sus adeptos a San Martín, Belgrano, Pueyrredón, Rivadavia, Alvear, Sarratea, Posadas, García, Gómez y la mayor parte de los congresales de Tucumán. Rosas, personalmente, no fue monárquico ni republicano (…) ‘Siempre he creído – dijo – que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas según el estado del país respectivo’. En esto (…) se contentó con respetar la tradición republicana que se iba formando y rechazó las tentativas de los que, como Roxas y Patrón, le propusieron el establecimiento de un régimen hereditario (…). Finalmente, la tradición argentina era federal. El Federalismo tradicional no tenía nada que ver con el federalismo norteamericano de Dorrego”.
En el artículo de 1940 ampliaría este análisis:
“Perteneciente a una familia rural de rancio abolengo, (Rosas) supo captar como nadie la realidad de la tierra. Se vio rodeado a la vez de la vieja aristocracia española y de todo el pueblo de la ciudad y campaña de Buenos Aires (…) Bajo cualquier aspecto que se examine la obra de Rosas, vemos aparecer en ella el sello tradicional. En el orden espiritual, por ejemplo, la Restauración es netamente católica: la obligación especialmente establecida de conservar, defender y proteger al catolicismo (…), la enseñanza obligatoria de la doctrina cristiana, la censura religiosa de la instrucción (…), la prohibición de libros y pinturas que ofendiesen la religión, la moral y las buenas costumbres (…), la fundación de iglesias, son medidas que caracterizan suficientemente el espíritu católico de la Restauración (…)
En lo referente a la política interna, la época de Rosas no es otra cosa que una larga lucha por la restauración de la autoridad y de la unidad que caracterizaron al Virreinato, y que habían sido desquiciadas por los errores de federales y unitarios. Rosas, respetando (…) el régimen de confederación existente, realizó de facto, con el pueblo y en el sentido tradicional, lo que otros pretendieron realizar de jure, contra el pueblo y en el sentido liberal (…) Y toda esa obra verdaderamente organizadora – mucho más que las constituciones impresas en papel – se iba haciendo sobre la base de la legislación tradicional, sin improvisaciones constitucionalistas ni codificadoras.
Hay, hasta en los detalles, un sabor tan tradicional en esa restauración de la autoridad ‘al modo hispánico’, que Ernesto Quesada ha podido hacer un paralelo exacto entre Rosas y Felipe II. Más aún, hay en ella (…) una acentuada repugnancia por el sufragio universal (…). Rosas que instintivamente desconfiaba de él, quería experimentarlo en cabeza ajena y se hacía informar por su ministro Alvear acerca de cómo funcionaba en los Estados Unidos, donde dejaba ‘muy mucho que desear’, según sus propias palabras (…)
Hay en toda esa época un espíritu tradicional que sorprende hoy (…). Las canciones populares, de neta filiación hispánica, lo reflejaban….el restablecimiento del capilote en la Universidad…. de las corridas de toros…Son pequeños signos de algo muy grande y hermoso, de ese espíritu restaurador, tradicional, hispánico por consiguiente, que animó a Rosas y al grupo selecto de hombres que lo rodearon”
¿Fue sincero este afán restaurador de Rosas? ¿Respondía a su pensamiento íntimo o actuó así por simple cálculo político? Si tenemos en cuenta la lectura de los clásicos que fueron base de su formación política – aunque Rosas no fuera un intelectual - como Platón, Aristóteles, Cicerón, Gaspar de Real de Curban – discípulo de Bossuet -, Burke y Joseph de Maistre, si analizamos su hermenéutica tradicionalista de la Revolución de Mayo o sus opiniones en el exilio acerca de la Revolución Moderna, no caben muchas dudas acerca de la sinceridad de Rosas como de sus hondas afinidades con el tradicionalismo. Hace unos años escribimos un trabajo titulado “Ideas políticas y constitucionales de Don Juan Manuel de Rosas”. Reproducimos, con algunas correcciones, el final de ese escrito que, según nos parece, corrobora lo que decimos acerca de esta relación de semejanza entre rosismo, tradicionalismo y carlismo, y que está en la misma línea de lo que sostenía Don Alberto Ezcurra Medrano:
“En la propia Argentina tuvo que enfrentar Rosas el poder secreto de las logias y el fermento de la Revolución. Lo dijo con toda claridad: “Las logias establecidas en Europa y ramificadas infortunadamente en América, practican teorías desorganizadoras y propendiendo al desenfreno de las pasiones, asestan golpes a la República, a la moral, y consiguientemente a la tranquilidad del Mundo”. Espíritu revolucionario que “ha penetrado infortunadamente hasta en alguna parte del clero”. En la Argentina, “toda la República está plagada de hombres pérfidos pertenecientes a la facción unitaria, o que obran por su influencia y en el sentido de sus infames deseos, y que la empresa que se han propuesto no es sólo de lo que existen entre nosotros, sino de las logias europeas ramificadas en todos los nuevos Estados de este Continente”
Estando Rosas en el exilio, pudo contemplar el espectáculo terrible de las revoluciones liberales, socialistas y nacionalistas (del nacionalismo exagerado y jacobino, no del contrarrevolucionario) que asolaban al Viejo Continente. Su respeto a la Religión Católica, su amor al Orden y a la Tradición, su defensa de la Justicia – en especial con los pobres –, su convicción de que propiedad privada y herencia son instituciones fundamentales de la sociedad, su aborrecimiento de las logias masónicas , del socialismo y del comunismo quedan patentes en las ideas expresadas en diversas oportunidades. Transcribamos algunas como ejemplo de lo que venimos diciendo:
“Se quiere vivir en la clase de licenciosa tiranía a que llaman libertad , invocando los derechos primordiales del hombre, sin hacer caso del derecho de la sociedad a no ser ofendida (…) Si hay algo que necesita de dignidad, decencia y respeto es la libertad, porque la licencia está a un paso”
“Conozco la lucha de los intereses materiales con el pensamiento; de la usurpación con el derecho; del despotismo con la libertad. Y están ya por darse los combates que producirán la anarquía sin término. ¿Dónde está el poder de los gobiernos para hacerse obedecer? Los adelantos y grandes descubrimientos de que estamos tan orgullosos. ¡Dios sabe solamente adonde nos llevarán! ¡Pienso que nos llevan a la anarquía, al lujo, a la pasión de oro, a la corrupción, a la mala fe, al caos!
“La plebe sigue su camino insolente. Pero es que los gravámenes continúan terribles. Los labradores y arrendatarios sin capital siguen trabajando sólo para pagar la renta y las contribuciones. Viven así pidiendo para pagar, pagando para pedir”
“La Internacional …sociedad de guerra y de odio que tiene por base el ateísmo y el comunismo, por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de los que poseen, por medio de la fuerza brutal del gran número que aplastará a todo cuanto intente resistirle. Tal es el programa que con cínica osadía han propuesto los jefes a sus adeptos, lo han enseñado públicamente en sus Congresos e insertado en sus periódicos. Sus reglas de conducta son la negación de todos los principios sobre que descansa la civilización”.
Carlos Ibarguren sintetizaba del siguiente modo estos pensamientos del Restaurador:
“La expansión de las ideas liberales y de la democracia, la inquietud del proletariado y la propaganda del socialismo; la indisciplina general, las consecuencias económicas de la gran industria mecánica, las luchas civiles en ambas Américas, las guerras europeas, la violenta acción imperialista de las poderosas monarquías, el positivismo y el materialismo que embestían contra la religión y la Iglesia, todo ese gran movimiento político, económico, científico y filosófico que fermentó después de 1850 conmoviendo a la sociedad, provocaba repulsión en el espíritu reaccionario y conservador de Rosas (...) Para conseguir la paz social y la armonía internacional, Rosas no encuentra otro remedio que `reunir un Congreso de representantes de todos los países’” y “el establecimiento de una Liga de las naciones cristianas, del tipo de la Santa Alianza y presidida por el Papa (...) Piensa que para salvar las dificultades que rodean a las monarquías se deben fortalecer los ejércitos” y para “alcanzar el mejor equilibrio social y político en Europa y sostener a la Iglesia” promover “la unión de los reyes alrededor del Sumo Pontífice y la `dictadura temporal del Papa en Roma, con el sostén y el acuerdo de los soberanos cristianos’”. Finalmente y fiel a esta mentalidad tradicionalista, combate la libertad de enseñanza tal como la entendía y la entiende el liberalismo laicista: “Por la enseñanza libre la más noble de las profesiones se convierte en arte de explotación a favor de los charlatanes, de los que profesan ideas falsas subversivas de la moral o del orden público. La enseñanza libre introduce la anarquía en la ideas de los hombres, que se forman en principios opuestos o variados al infinito. Así el amor a la patria se extinguirá, el gobierno constitucional será imposible, porque no encontrará la base sólida de una mayoría suficiente para seguir un sistema en medio de la opinión pública confundida, como los idiomas en la Torre de Babel” Y en una frase que recuerda la profecía de Donoso Cortés en su famoso Discurso sobre la Dictadura (…) decía: “Ahora mismo Francia, España y los Estados Unidos están delineando el porvenir. Las Naciones, o vivirán constantemente agitadas, o tendrán que someterse al despotismo de alguno que quiera y pueda ponerlas en paz”.
Es claro que no dejaba de haber en el pensamiento de Rosas ciertas ambigüedades: invocaciones a la soberanía popular, que por aquel entonces aparecían también en tradicionalistas hispánicos como Aparisi y Guijarro; ambivalencias en torno al librecambismo y al proteccionismo económicos (como en el conservadorismo anglosajón heredero de Burke); expresiones confusas sobre la separación Iglesia – Estado (que consideraba mala por “inoportuna”) o sobre el papel del Concilio en relación al Papa ( que pueden dar pie a una interpretación ortodoxa, pero que suenan extrañas en el lenguaje de aquellos tiempos); cierta visión benévola de la Primera República Española, etc. Pero son ideas sueltas, no necesariamente constantes y que en todo caso desentonan en un cuadro general y firme, de adhesión al Papado, a la Cristiandad, y a la Tradición y que le llevaba a rezar dolorido: “¡Dios nuestro perdonadnos, e iluminad la marcha de los primeros hombres, en las Naciones de la Cristiandad!”
Por eso Don Juan Manuel, Caudillo natural del “federalismo apostólico” pudo afirmar – y esto es de vital importancia en el Bicentenario de la Revolución de Mayo – que la instalación de la Primera Junta se hizo, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España”
Carlismo y rosismo son pues y según podemos entender, dos páginas de una misma historia – una en la Península, otra en América -, de una “guerra contrarrevolucionaria” basada en los mismos principios y valores: la Cristiandad y la Hispanidad. En España bajo el lema “Dios, Patria, Fueros, Rey” y en la Argentina con la divisa de la “Santa Federación”, que suponía la defensa de la Fe católica, de la unidad argentina y americana, de las legítimas autonomías provinciales y de la cultura tradicional hispano- criolla
Fernando Romero Moreno
Bibliografía:
Corvalán Lima, Héctor, Rosas y la Formación Constitucional Argentina, Separata de Idearium, Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Mendoza, N° 2, Mendoza, 1977
Ezcurra Medrano, Alberto, La Epoca de Rosas, en El Baluarte, 1929
Ezcurra Medrano, Alberto, El sentido histórico de la época de Rosas, en Ofensiva, 12 de octubre de 1940
Ibarguren, Carlos , Juan Manuel de Rosas. Su vida, Su drama, su tiempo, Ediciones Teoría, Biblioteca de Estudios Históricos, Buenos Aires, 1962
Ingenieros, José, Obras completas revisadas y anotadas por Anibal Ponce, Volumen 15, La Evolución de las Ideas argentinas, Libro III, La Restauración
Sampay , Arturo Enrique, Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, Juarez Editor, Buenos Aires, 1972.
domingo, 22 de enero de 2012
INVASIONES INGLESAS
Todo lo que existe sólo puede comprenderse con la perspectiva que nos ofrece el pasado. Así en los hombres como en los pueblos. Ya lo decía el poeta: “sólo orillas somos y en lo hondo de nosotros corre / sangre de lo que fue / fluye hacia quienes vendrán / sangre de nuestros ancestros, llena de orgullo e inquietud…” La verdad nos dice con alta voz que “venimos del ayer”. Lo Cristiano Americano, la Patria Grande, son claros frutos de la boda de sangre entre las Españas de Yugo y Flechas con la Roma Católica.
Por ello el Misterio de Iniquidad encarnado en la pérfida Albión se lanzó a despedazarlo. Largo es el rosario de agresiones. En un principio fue Francis Drake con sus saqueos, robos y profanaciones. Luego hizo pie en el Caribe cuando ocupó Jamaica y Honduras y atacó Darien en el siglo XVII, agresión que se repitió con Walpole contra Panamá. En los siglos siguientes aceleró su acción con sectarios pertenecientes a una central ideológica esotérica y juramentos secretos e incondicionales. Las monedas de Judas hicieron el resto, y algunos de esos traidorcitos sin tener conciencia de que nuestra historia es pasión, prometieron a cambio de armas y oro incorporar el Reino de Santa Fe de Bogotá, Maracaibo, Santa Marta y Cartagena a los dominios de Su Majestad Británica.
Esos grupos de obediencias inconfesables sembraron la ideología balcanizadora de la Ecumenidad Hispánica, maniobrando para conducir totalitariamente la política con la “panacea” del constitucionalismo liberal. Para ello utilizaron instrumentos que iban desde los diplomáticos hasta los simples viajeros espías. El caso de Francisco Miranda, agente de Mr. Pitt, invadiendo Venezuela desde puertos yankees, fue sintomático. El Plan del “Precursor” estaba coordinado con una tentativa de conflagración continental preparado en Inglaterra.
El historiador Oriental Felipe Ferreiro, primero en mostrar a la posteridad la secreta conspiración, señaló el importante dato de que “todos los centros adecuados para el incendio general difundirían la versión falsa pero no increíble de que el Trono de las Españas había quedado vacante”.
Versión que podía perdurar sin rectificaciones hasta que la hoguera se extendiese en virtud del dominio de los mares detentado por la Home Flete de Jorge III. La llegada a Buenos Aires de Santiago Burke, ex oficial prusiano amigo del Premier Mr. Pitt, es ejemplo de un espía con toda la barba.
En la capital virreinal trabó contacto con corresponsales de Miranda, entre los que se contaba Saturnino Rodríguez Peña, el futuro secretario de la Infanta Carlota, doctor Presas, y Aniceto Padilla. Detrás de Herr Burke llegó Home Rigss Popham. Venía desde el Cabo de Buena Esperanza con un plan fundamentado en la creencia de “que los nativos estaban muy cerca de la rebelión… y se les podía ganar ofreciéndoles un gobierno liberal”.
Con los hombres del general William Carr Beresford se hizo dueño de Buenos Aires. El golpe asestado en junio de 1806 no fue ni el primero ni el último. El objetivo dominador lo planteó el general inglés William Miller, de gran actuación en el Perú, quien en sus “Memorias” y al referirse a las invasiones de 1806 y 1807 señaló: “Si los ingleses hubieran considerado los acontecimientos locales del país no habrían intentado ocupar Buenos Aires y limitado sus esfuerzos a la posesión de Montevideo, que es la llave del Río de la Plata. De esta plaza podrían haber hecho el Gibraltar de las costas occidentales del Imperio español”.
La pretensión de los jefes militares (Popham y Beresford) de imponer el control británico convirtió los nuevos ataques filibusteros contra Buenos Aires y Montevideo en un desastre.
En 1812, (ya iniciada la Guerra Civil que conocemos como “de la Independencia”) Lord Strangford, en un aparente cambio de la política de Londres, impuso la retirada de las fuerzas portuguesas de la Banda Oriental y envió a su instrumento, don José Rademaker a Buenos Aires para que al acordar la Paz planteara la posibilidad de la Independencia de Montevideo y su jurisdicción aunque dependiendo del gobierno de Cádiz, notorio títere de la masonería inglesa.
La propuesta no se concretó: “Inglaterra, según lo declaraba Lord Castelreaght, debía dirigir su política estableciendo gobiernos locales amigables con los cuales esas relaciones comerciales puedan subsistir, cosa que por si sola constituye nuestro interés”.
Canning y Palmerston en algunos años pondrían en práctica estos principios básicos de la maquiavélica política del Foreing Office. El control de los mares, amén de maniobras diplomáticas y logistas, hicieron imposible la reconstitución del Imperio Católico de las Españas. Acuerdos comerciales y millones de libras esterlinas en préstamos con estilo Shylok, satelizaron al continente y pagaron el reconocimiento de la dolorosa ruptura.
Al promediar la década de 1820 Canning pudo decir: “La América española es libre y si no administramos mal nuestros negocios, ella será inglesa”.
La guerra de 1826 entre Brasil y las Provincias Argentinas por la federal Banda Oriental que deseaba seguir integrando la Patria Grande, podía convertirse en un desastre inglés. Ello hizo que Londres se volcara para obligar a los contendientes a buscar una solución. Esta no fue otra que la expuesta por el “mediador” Mr. Ponsomby con su socio comercial y agente secreto el Oriental Pedro Trápani. La clave estuvo en una república independiente, verdadero Estado Tapón ubicado en la desembocadura del considerado estuario lo que convertiría a la región en un canal de entrada para la Home Fleet y los intereses británicos. Se intentaba cerrar así el camino a Francia y a la naciente presencia norteamericana con un estratégico Gibraltar en la Cuenca de la Platania.
Ni corto ni perezoso, el Coronel John Forbes, Encargado de Negocios yankee en Buenos Aires, escribía al Secretario de Estado Mr. Henry Clay “sobre el intento inglés de crear una colonia disfrazada”. Sin embargo las hábiles maniobras del Lord llegaron a buen destino en 1828. Presionando a Buenos Aires y al Janeiro se firmó la Convención Preliminar de Paz en la que Lord Ponsomby consiguió fuera aceptada la amputación de la estratégica Provincia Oriental. Se daba un nuevo paso hacia la balcanización de nuestra ecumenidad. Primero había sido el Paraguay, luego el Alto Perú, en ese agosto del desgraciado año 1828, la Provincia insignia de José Artigas. Luego se intentarían otras rupturas como las planeadas por el nefasto Florencio Varela cuando escribió: “Lo importante para Entre Ríos y Corrientes es prosperar. Para eso no interesa si son Provincias argentinas o un Estado Independiente”. El mismo “personaje” que con su hermano Juan Cruz aconsejaran el fusilamiento del Coronel Manuel Dorrego, el gobernante que resistió la “solución” Ponsomby.
Así estaban las cosas, cuando en 1832 el Almirantazgo decidió las medidas “para ejercer el derecho de soberanía de Guillermo IV en las islas Falklands”. La comisión fue cumplida por “marines” desembarcados de la Fragata “Clío”, los que izando la bandera británica comenzaron la construcción de una base militar. Era el 2 de enero de 1833. Veintiséis meses después don Juan Manuel de Rosas asumía el gobierno de Buenos Aires con la Suma del Poder Público y además como Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. De ahí en más su nombre fue símbolo hispanoamericano para “quienes querían seguir hablando español y rezando a Jesucristo”. Su “Sistema Americano” reconstructor de la Patria junto a la Ley de Aduanas de 1835 fueron las armas con las que se opuso a la dependencia económica “que implicaba el liberalismo unido a la ética utilitaria de Bentham”. El accionar armado estaba previsto en un informe del Foreing Office con fecha de 1842, el que sin pudor decía: “En lo que respecta a Gran Bretaña como sus intereses están tan mezclados con su poderío político resulta necesario apuntalar unos a los efectos de mantener lo otro”.
Poco después, en la República Oriental, el Presidente General Manuel Oribe, ponía un cinturón de hierro al Montevideo donde el Almirante Mr. Purvis defendía con sus cañones al iluminismo de ambas orillas. Ante esas murallas se enfrentaron los orientales argentinos con las legiones extranjeras, durante nueve largos años. La inevitable intervención de 1845 fue contestada por el General Rosas con digna altivez en la Vuelta de Obligado, donde se encadenaron las aguas para que siguieran siendo nativas. Rudo combate por la soberanía. Los éxitos del Opio chino no se repitieron en el Plata. Era un nuevo fracaso para las agresiones inglesas en estas latitudes. Pero sobrevino el desastre de Caseros y con él los cambios que hicieron posible la realidad de la profecía de Canning.
La afirmación se aplica a ambas márgenes del Plata, haciéndose necesaria alguna cuartilla más. Tal como decía don Julio Irazusta: “Necesario recuerdo de las circunstancias que contribuyeron a la formación de una política antinacional que corrompe a los buenos e impide la redención de los malos”.
Luis Alfredo Andregnette Capurro
Tomado del Blog de Cabildo
Por ello el Misterio de Iniquidad encarnado en la pérfida Albión se lanzó a despedazarlo. Largo es el rosario de agresiones. En un principio fue Francis Drake con sus saqueos, robos y profanaciones. Luego hizo pie en el Caribe cuando ocupó Jamaica y Honduras y atacó Darien en el siglo XVII, agresión que se repitió con Walpole contra Panamá. En los siglos siguientes aceleró su acción con sectarios pertenecientes a una central ideológica esotérica y juramentos secretos e incondicionales. Las monedas de Judas hicieron el resto, y algunos de esos traidorcitos sin tener conciencia de que nuestra historia es pasión, prometieron a cambio de armas y oro incorporar el Reino de Santa Fe de Bogotá, Maracaibo, Santa Marta y Cartagena a los dominios de Su Majestad Británica.
Esos grupos de obediencias inconfesables sembraron la ideología balcanizadora de la Ecumenidad Hispánica, maniobrando para conducir totalitariamente la política con la “panacea” del constitucionalismo liberal. Para ello utilizaron instrumentos que iban desde los diplomáticos hasta los simples viajeros espías. El caso de Francisco Miranda, agente de Mr. Pitt, invadiendo Venezuela desde puertos yankees, fue sintomático. El Plan del “Precursor” estaba coordinado con una tentativa de conflagración continental preparado en Inglaterra.
El historiador Oriental Felipe Ferreiro, primero en mostrar a la posteridad la secreta conspiración, señaló el importante dato de que “todos los centros adecuados para el incendio general difundirían la versión falsa pero no increíble de que el Trono de las Españas había quedado vacante”.
Versión que podía perdurar sin rectificaciones hasta que la hoguera se extendiese en virtud del dominio de los mares detentado por la Home Flete de Jorge III. La llegada a Buenos Aires de Santiago Burke, ex oficial prusiano amigo del Premier Mr. Pitt, es ejemplo de un espía con toda la barba.
En la capital virreinal trabó contacto con corresponsales de Miranda, entre los que se contaba Saturnino Rodríguez Peña, el futuro secretario de la Infanta Carlota, doctor Presas, y Aniceto Padilla. Detrás de Herr Burke llegó Home Rigss Popham. Venía desde el Cabo de Buena Esperanza con un plan fundamentado en la creencia de “que los nativos estaban muy cerca de la rebelión… y se les podía ganar ofreciéndoles un gobierno liberal”.
Con los hombres del general William Carr Beresford se hizo dueño de Buenos Aires. El golpe asestado en junio de 1806 no fue ni el primero ni el último. El objetivo dominador lo planteó el general inglés William Miller, de gran actuación en el Perú, quien en sus “Memorias” y al referirse a las invasiones de 1806 y 1807 señaló: “Si los ingleses hubieran considerado los acontecimientos locales del país no habrían intentado ocupar Buenos Aires y limitado sus esfuerzos a la posesión de Montevideo, que es la llave del Río de la Plata. De esta plaza podrían haber hecho el Gibraltar de las costas occidentales del Imperio español”.
La pretensión de los jefes militares (Popham y Beresford) de imponer el control británico convirtió los nuevos ataques filibusteros contra Buenos Aires y Montevideo en un desastre.
En 1812, (ya iniciada la Guerra Civil que conocemos como “de la Independencia”) Lord Strangford, en un aparente cambio de la política de Londres, impuso la retirada de las fuerzas portuguesas de la Banda Oriental y envió a su instrumento, don José Rademaker a Buenos Aires para que al acordar la Paz planteara la posibilidad de la Independencia de Montevideo y su jurisdicción aunque dependiendo del gobierno de Cádiz, notorio títere de la masonería inglesa.
La propuesta no se concretó: “Inglaterra, según lo declaraba Lord Castelreaght, debía dirigir su política estableciendo gobiernos locales amigables con los cuales esas relaciones comerciales puedan subsistir, cosa que por si sola constituye nuestro interés”.
Canning y Palmerston en algunos años pondrían en práctica estos principios básicos de la maquiavélica política del Foreing Office. El control de los mares, amén de maniobras diplomáticas y logistas, hicieron imposible la reconstitución del Imperio Católico de las Españas. Acuerdos comerciales y millones de libras esterlinas en préstamos con estilo Shylok, satelizaron al continente y pagaron el reconocimiento de la dolorosa ruptura.
Al promediar la década de 1820 Canning pudo decir: “La América española es libre y si no administramos mal nuestros negocios, ella será inglesa”.
La guerra de 1826 entre Brasil y las Provincias Argentinas por la federal Banda Oriental que deseaba seguir integrando la Patria Grande, podía convertirse en un desastre inglés. Ello hizo que Londres se volcara para obligar a los contendientes a buscar una solución. Esta no fue otra que la expuesta por el “mediador” Mr. Ponsomby con su socio comercial y agente secreto el Oriental Pedro Trápani. La clave estuvo en una república independiente, verdadero Estado Tapón ubicado en la desembocadura del considerado estuario lo que convertiría a la región en un canal de entrada para la Home Fleet y los intereses británicos. Se intentaba cerrar así el camino a Francia y a la naciente presencia norteamericana con un estratégico Gibraltar en la Cuenca de la Platania.
Ni corto ni perezoso, el Coronel John Forbes, Encargado de Negocios yankee en Buenos Aires, escribía al Secretario de Estado Mr. Henry Clay “sobre el intento inglés de crear una colonia disfrazada”. Sin embargo las hábiles maniobras del Lord llegaron a buen destino en 1828. Presionando a Buenos Aires y al Janeiro se firmó la Convención Preliminar de Paz en la que Lord Ponsomby consiguió fuera aceptada la amputación de la estratégica Provincia Oriental. Se daba un nuevo paso hacia la balcanización de nuestra ecumenidad. Primero había sido el Paraguay, luego el Alto Perú, en ese agosto del desgraciado año 1828, la Provincia insignia de José Artigas. Luego se intentarían otras rupturas como las planeadas por el nefasto Florencio Varela cuando escribió: “Lo importante para Entre Ríos y Corrientes es prosperar. Para eso no interesa si son Provincias argentinas o un Estado Independiente”. El mismo “personaje” que con su hermano Juan Cruz aconsejaran el fusilamiento del Coronel Manuel Dorrego, el gobernante que resistió la “solución” Ponsomby.
Así estaban las cosas, cuando en 1832 el Almirantazgo decidió las medidas “para ejercer el derecho de soberanía de Guillermo IV en las islas Falklands”. La comisión fue cumplida por “marines” desembarcados de la Fragata “Clío”, los que izando la bandera británica comenzaron la construcción de una base militar. Era el 2 de enero de 1833. Veintiséis meses después don Juan Manuel de Rosas asumía el gobierno de Buenos Aires con la Suma del Poder Público y además como Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. De ahí en más su nombre fue símbolo hispanoamericano para “quienes querían seguir hablando español y rezando a Jesucristo”. Su “Sistema Americano” reconstructor de la Patria junto a la Ley de Aduanas de 1835 fueron las armas con las que se opuso a la dependencia económica “que implicaba el liberalismo unido a la ética utilitaria de Bentham”. El accionar armado estaba previsto en un informe del Foreing Office con fecha de 1842, el que sin pudor decía: “En lo que respecta a Gran Bretaña como sus intereses están tan mezclados con su poderío político resulta necesario apuntalar unos a los efectos de mantener lo otro”.
Poco después, en la República Oriental, el Presidente General Manuel Oribe, ponía un cinturón de hierro al Montevideo donde el Almirante Mr. Purvis defendía con sus cañones al iluminismo de ambas orillas. Ante esas murallas se enfrentaron los orientales argentinos con las legiones extranjeras, durante nueve largos años. La inevitable intervención de 1845 fue contestada por el General Rosas con digna altivez en la Vuelta de Obligado, donde se encadenaron las aguas para que siguieran siendo nativas. Rudo combate por la soberanía. Los éxitos del Opio chino no se repitieron en el Plata. Era un nuevo fracaso para las agresiones inglesas en estas latitudes. Pero sobrevino el desastre de Caseros y con él los cambios que hicieron posible la realidad de la profecía de Canning.
La afirmación se aplica a ambas márgenes del Plata, haciéndose necesaria alguna cuartilla más. Tal como decía don Julio Irazusta: “Necesario recuerdo de las circunstancias que contribuyeron a la formación de una política antinacional que corrompe a los buenos e impide la redención de los malos”.
Luis Alfredo Andregnette Capurro
Tomado del Blog de Cabildo
miércoles, 11 de enero de 2012
EL PSEUDO REVISIONISMO ZURDO - MITRISTA
El decreto del gobierno de la Sra. Cristina Kirchner, por el cual se creó el
denominado Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, fue motivo de
una sosa polémica en torno a los objetivos supuestamente revisionistas que
tendría dicho organismo estatal.
Como era de esperar, desde los ámbitos académicos
dominados por los cultores de la llamada Historia Social, se reaccionó en
contra de la medida. Y aunque sus expresiones en general tuvieron el tono
soberbio que los caracteriza, su vehemencia
fue bastante controlada. Seguramente por el temor a que una excesiva diatriba
los coloque en el incomodo lugar de opositores al gobierno.
Según estos
historiadores, el Estado, al impulsar la formación de un instituto integrado
por escritores mediocres o meros divulgadores sin formación académica,
menosprecia y descalifica el trabajo de los investigadores y científicos
acreditados.
En ese sentido, Luís Alberto Romero refiriéndose a los
miembros del Instituto de marras, afirmó que “ninguno de ellos es reconocido, o simplemente
conocido, en el ámbito de los historiadores profesionales. De los 33 académicos
designados, hay algunos conocidos en el terreno del periodismo, la docencia o
la función pública. Dos de entre ellos, Pacho O'Donnell y Felipe Pigna, son
escritores famosos. En mi opinión, entre ellos hay muchos narradores de mitos y
epopeyas, pero ningún historiador. Nada comparable con los fundadores del
revisionismo”.
Llama la atención la última frase
de Romero, quien además reconoce que en el revisionismo “militaron historiadores y pensadores de
fuste”, y cita entre ellos a Julio
Irazusta, Ernesto Palacio y José Maria Rosa; este desliz –viniendo de quien
viene- es un justo reconocimiento al revisionismo fundacional. Aunque a renglón
seguido les señala el defecto de adherir “a
la idea de la conspiración”, es decir a la creencia de que “los vencedores han mantenido oculta una
historia verdadera”. Como si no fuera esto estrictamente cierto; y como si
no fuera esta la razón por la cual recién ahora un mínimo y fugaz comentario
laudatorio se desliza sobre ellos; al tiempo que se descalifica arteramente su
enfoque hermenéutico.
En fin, volviendo a las objeciones
que plantean estos profesionales de la historia; la otra cuestión que los tiene
preocupados es la posibilidad de
que el gobierno trate de imponer una historia oficial que no es la de ellos. En
ese sentido Beatriz Sarlo denunció que estamos ante “una operación montada desde la Casa Rosada con el objeto de instaurar un pensamiento
único del pasado”.
En realidad resulta inaudito que los liberales se
rasguen las vestiduras por este asunto, ya que fueron ellos quienes impusieron
la versión dogmática de nuestro pretérito que pergeñó Mitre y compañía; y a la
cual los actuales académicos profesionales le siguen rindiendo tributo
adornándola con aportes que en nada la modifican.
De todos modos, en vano se están preocupando. Sus
puestos están asegurados y nada sustancial del relato oficial de nuestra
historia se verá afectado.
En efecto, el peligroso “revisionismo” del Instituto
Manuel Dorrego no lo es tal, es una mera impostura.
Quienes integran dicho organismo solo son un rejuntado
de liberales, indigenistas, guevaristas, y neomarxistas, unidos todos por su común
militancia Kirchnerista. Por lo que nada que salga de ahí tendrá relación
alguna con el verdadero revisionismo.
Cualquier aficionado a la historia sabe que el
Revisionismo histórico es una corriente historiográfica que se propone develar
la verdad de nuestro pasado, interpretando los hechos a la luz de los intereses
nacionales; y que obviamente en ese afán los revisionistas –mas allá de sus
matices- confrontaron, y confrontan, con la historia oficial que impusieron los
vencedores de Caseros a los efectos de justificar su traición y de legitimar un
modelo de país subordinado a los intereses foráneos.
Pues bien, desde el Dorrego nada que se le parezca sucederá.
En efecto, su mismo presidente, el ex alfonsinista y
ex menemista Pacho O´Donnell, se encargó de declarar en el diario La Nación que la historia
oficial no será cuestionada. Sin preocuparse en ningún momento por el principio
de no contradicción afirmó: “yo soy un
revisionista que nunca ha hecho antimitrismo”. Y para que a los
descendientes de Mitre -propietarios de dicho diario-, no les queden dudas
calificó a este nefasto personaje como “maravilloso”.
En el mismo sentido que O´Donnell se pronunció Faustino
Schiavoni, otro integrante de este Instituto supuestamente revisionista, quien
dijo que “No se trata de demonizar a Sarmiento,
por ejemplo, porque hay que contextualizar las cosas en su tiempo”. Por
otro lado, en un arresto de sinceridad opinó que más que de revisionismo él
prefiere hablar de una historia “nacional
y popular”.
Bueno, por ahí nos vamos entendiendo mejor. Se va
aclarando para que ha sido fundado este Instituto.
No hay dudas que esta iniciativa, lejos de impugnar a
la historia liberal y a la historia social, lo que buscará es conciliar con
ellas en un sincretismo acorde con el relato kirchnerista.
De modo entonces que la mayoría de los argentinos seguirán
sin conocer la verdad integra sobre nuestro pasado, y sobretodo victimas de
hermenéuticas falaces que en nada aportan a la comprensión de nuestro origen, a
la formación de una conciencia nacional, y al discernimiento del destino común.
Es decir presos de una historia que no sirve para nada que no sea funcional a
los intereses antinacionales.
Edgardo Atilio Moreno
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